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domingo, 18 de febrero de 2018

Emile Zola: Los Rougon-Macquart

Si tuviera que calificar esta saga con un adjetivo, sólo podría decir ‘magistral’. Es cierto que tengo debilidad por la novela del XIX, pero no es una debilidad caprichosa, el siglo XIX es, sin lugar a dudas, el siglo de la novela. En este siglo se inventó la novela contemporánea. Y si hay que poner nombres a estos precursores, a los de la avanzadilla, para mí, hay tres: Zola, Dostoievsky y Galdós.
Ellos tres (y alguno más, quizás, Balzac y Flaubert, aunque éste último con una única novela, Madame Bovary) apuntalaron todo el género. Si leemos la obra de algunos de ellos, veremos qué actual puede ser su redacción, y descubriremos que muchos de los recursos y gran parte del estilo que se presenta como innovación en la novela del siglo XX ya estaba ahí.

Pero, hoy, sólo les voy a hablar de Zola y de una de sus obras que son muchas, pues se trata de toda una saga familiar. En total 20 novelas, algunas de las cuales son famosas por sí solas, pues, cada una de ellas puede leerse como una novela independiente, aunque la obra, en conjunto, tiene un principio y un final: “Esta se halla, desde hoy, completa; se agita en un círculo cerrado; se convierte en el cuadro de un reinado muerto, de una extraña época de vergüenza y de locura.” (Emile Zola en el Prefacio de La Fortuna de los Rougon).

A lo largo de toda la serie se cuenta la historia de una familia, de origen provinciano, durante cinco generaciones, desde Adelaida Fouque (nacida en 1768), hasta un niño nacido fruto de la relación incestuosa entre Pascal Rougon y su sobrina Clotilde (1874), todo bajo el subtítulo Historia Natural y Social de una familia bajo el Segundo Imperio (1852-1871). Una familia marcada por taras hereditarias, la locura de Adelaida va pasando de generación en generación, algunos miembros la padecen de forma declarada, otros no pueden ocultar ciertos rasgos del carácter familiar.
Zola quiere “explicar cómo una familia, un pequeño grupo de seres, se comporta en una sociedad, desarrollándose para engendrar diez, veinte individuos que parecen, a un primer vistazo, profundamente disímiles, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos con otros. La herencia tiene sus leyes, como la gravedad.”

Los Rougon-Macquart, nombre de la familia, en realidad de las dos ramas de la misma familia (ambas descendientes de Adelaida, pero con una trayectoria bastante diferente, en apariencia), son retratados fisiológicamente y socialmente. Fisiológicamente, los deseos, pasiones, virtudes y vicios van apareciendo individuo a individuo en toda la saga, repitiendo las mismas características de las generaciones anteriores (a veces, llega a tanta la semejanza que hasta nos confundimos entre madres e hijas y, otras veces, diríamos a simple vista que no puede ser que tal madre y tal hija se correspondan, pero, sólo a simple vista). Socialmente, la familia es la representante del pueblo que, a veces con esfuerzo propio, otras, aprovechándose de ciertas circunstancias, honestas o no, va avanzando “por toda la sociedad contemporánea” y los Rougon-Macquart, con sus dramas propios, van a estar, además, en medio de los problemas urbanísticos de París, en procesos políticos más o menos turbios en la capital y/o en provincias, en el nacimiento del sindicalismo moderno, en sublevaciones populares y obreras, en la aparición de los grandes comercios, en problemas con la Iglesia y en todo lo que en el siglo XIX francés signifique cambio y avance, pero también, hay individuos que representan el conservadurismo y el amor por todo el pasado, y esto es uno de los factores que hace más creíble esta familia, que acaba pareciendo tan real como la Realidad misma, pero sigue siendo ficción, eso tampoco podemos olvidarlo, porque quizás en la realidad, no coincidan tantos factores mencionables o destacables en una misma familia.

Veamos cuáles son las obras, aunque algunas de ellas merecería una reseña propia (que no descarto hacer algún día):


Émile Zola (1840 - 1902)

Novelista francés, principal figura del naturalismo literario. Hijo de Francesco Zola, ingeniero emigrante italiano, y de Émilie Aubert, proveniente de la pequeña burguesía francesa, pasó su infancia en Aix-en-Provence y estudió en el colegio Bourbon. Fue compañero de Paul Cézanne, con quien mantuvo una sólida amistad, y tomó contacto con la literatura romántica, especialmente con la narrativa de Victor Hugo y la poesía de A. De Musset, su favorito.
Al morir su padre en 1847, se trasladó a París junto a su madre y continuó sus estudios en el instituto Saint-Louis. Tras fracasar en su examen de graduación, en 1859 consiguió un empleo administrativo en una oficina de Aduanas y en 1862 empezó a trabajar para el departamento de publicidad de la editorial Hachette. Se interesó por la poesía y el teatro, y colaboró para periódicos como Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.
Sus primeros libros publicados fueron un conjunto de relatos titulados Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica con influencia del romanticismo, La confesión de Claude (1865). Escribió dos obras de teatro que no fueron representadas, La fea (1865) y Magdalena (1865), y en 1866 fue despedido de Hachette. Comenzó a trabajar como cronista literario y artístico en el periódico L'Événement, y publicó los trabajos de crítica pictórica Mis odios (1866) y Mi salón(1866), donde hizo una enérgica defensa de Manet, cuestionado en esa época por los sectores académicos.
A partir de ese momento se dedicó por completo a escribir, se alejó paulatinamente del romanticismo y sintió afinidad con el movimiento realista y el positivismo. Aplicó su experiencia periodística en Los misterios de Marsella (1867), una novela folletinesca, y publicó su primera obra importante, Teresa Raquin (1867), con la que ganó cierto prestigio en el ambiente literario.
Con la novela Madeleine Férat (1868) fue consolidando su estilo, y la lectura deIntroducción a la medicina experimental, de Claude Bernard, lo inspiró para concebir un conjunto de novelas escritas "con rigor científico", donde quería relatar la historia natural de varias generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio.

Así nació la monumental serie Los Rougon-Macquart, integrada por
La fortuna de los Rougon (1871),
La ralea (1871),
El vientre de París (1873),
La conquista de Plassans (1874),
La caída del Abate Mouret (1875),
Su excelencia Eugène Rougon(1876),
La taberna (1877),
Una página de amor (1878),
Naná (1879),
Lo que se gasta (1882),
El paraíso de las damas (1883),
La alegría de vivir (1884),
Germinal(1885),
La obra (1886),
La tierra (1887),
El sueño (1888),
La bestia humana(1890),
El dinero (1891),
La derrota (1892), y
El Doctor Pascal (1893).


En los treinta y un volúmenes que comprenden las veinte novelas trazó la genealogía de más de doscientos personajes y sus textos fueron tan elogiados como criticados. Recibió duros cuestionamientos por parte de escritores católicos como M. Barrès, L. Bloy y B. d'Aurevilly que veían en el carácter positivista de su obra signos de decadencia, dogmatismo y una "absoluta carencia de espiritualidad".

Su obra ensayística comprende volúmenes teóricos sobre el naturalismo, como
La novela experimental (1880),
El naturalismo en el teatro (1881),
Nuestros autores dramáticos (1881),
Los novelistas naturalistas (1881),
Documentos literarios(1881), y
Una campaña (1882);

así como textos de crítica y polémica, entre los que destacan
Viaje de vuelta (1892),
Nueva campaña (1897), y fundamentalmente
¡Yo acuso! (1898),

un extenso artículo dirigido al Jefe de Estado francés y publicado originalmente en el periódico L'Aurore, donde defendió la inocencia del capitán de origen judío A. Dreyfus, acusado de alta traición a la patria por los militares antisemitas.

El efecto causado por su participación en el Caso Dreyfus lo posicionó como líder de las fuerzas progresistas (republicanos y socialistas) que reclamaron al gobierno derechista la defensa de los derechos humanos en la República. El gobierno, apoyado por los partidos conservadores, el ejército nacionalista y la Iglesia Católica, lo acusó por injurias y lo persiguió, por lo que se exilió en Inglaterra hasta que se demostró la inocencia definitiva de Dreyfus y el complot militar.
En 1899 volvió a París y pudo ver indultado a Dreyfus, y el 29 de septiembre de 1902 murió asfixiado por la defectuosa combustión de una chimenea, hecho que suscitó muchas sospechas dadas las reiteradas amenazas de muerte que había recibido.

Su influencia sobre las generaciones posteriores de escritores no fue sólo literaria, ya que su actitud de involucrarse tanto en la literatura como en la realidad social se transformó en un paradigma del escritor comprometido y dominó la escena cultural de occidente hasta la década de los 70.

También es autor de las series Las tres ciudades, compuesta por
Lourdes (1894),
Roma (1896) y
París (1898),

y Los cuatro evangelios, integrada por
Fecundidad (1899),
Trabajo (1901),
Verdad(póstuma, 1903) y
Justicia (inacabada).

sábado, 17 de febrero de 2018

El vientre de París de Emilio Zola

La novela describe la vida cotidiana de la sociedad parisina en torno al nuevo mercado central de Les Halles de París, gigantesco edificio metálico con muros de cristal, que fue una de las construcciones parisinas más relevantes del II Imperio, construido entre 1854 y 1870 por Víctor Baltard y derribado cien años después.
Florent, que ha ha vivido deportado en Cayena durante años, regresa a una ciudad en la que vivió su juventud y en la que se reencuentra con su hermano menor Quenu, casado con Lisa Macquart. Florent se dedica contra su voluntad a ejercer de inspector de pescado en el mercado central y encuentra en su tiempo libre su verdadera vocación, la docencia y la política. Con un grupo de correligionarios conspirará contra el Segundo Imperio y, al final, sus actividades le conducirán a una nueva deportación.
Florent es bondadoso, tímido, idealista y desprendido, había sido deportado injustamente a Cayena en los momentos del golpe de estado que encumbró a Napoleón III. A su regreso a París dedica sus esfuerzos a construir una sociedad distinta, igualitaria y más justa. Ingenuo y crédulo, es engañado por casi todos y su fracaso final significa la derrota del idealismo frente a los intereses materiales.
Hambriento y desencantado al ver muertos los ideales republicanos que defendió, Florent siente una sensación permanente de nausea ante el París ahíto, cebado, del Segundo Imperio. A pesar de sus tibios esfuerzos y los consejos de su hermano, no logra encajar en la sociedad del Mercado. Infeliz con su trabajo y con la sociedad parisina, desea promover una nueva revolución. Febrilmente y con algunos compañeros de café, empieza a elaborar un plan que derribe al gobierno, mientras se siente cada vez más asqueado con ese Mercado Central cuya abundancia es para él un símbolo del apoyo de la burguesía bien alimentada al Emperador.
Quenu es muchacho sencillo que se deja influir por su mujer, Lisa. Nada puede hacer para evitar la desgracia final de Florent.
Lisa Macquart, casada con Quenu, vive desahogadamente de una charcutería que el matrimonio tiene en los alrededores del mercado de Les Halles. Como la llegada de Florent sacude la paz familiar, Lisa denunciará las conspiraciones de Florent y será la causante de su arresto.
Lisa Macquart había llegado a París como ahijada de una buena señora que, con su bondad, la libró de una vida estrecha y llena de penurias en su Plassans natal, al separarla de una madre alcohólica y de un padre haragán. Cuando la bondadosa señora falleció, Lisa entró como dependienta en una charcutería de la que acabó por ser dueña tras casarse con el sobrino del propietario.
En el mercado de les Halles se desarrolla una lucha entre lo material, los alimentos y quienes allí trabajan y viven, y lo espiritual y quienes, como Florent, quieren cambiar la sociedad. Los primeros son egoístas e insolidarios, los segundos son desprendidos y fraternales (en el sentido de la Revolución Francesa). Por eso, los dos protagonistas/antagonistas (Lisa y Florent) son los símbolos de ambos campos, incluso aunque Florent no llegue ni a imaginar en su ingenuidad que haya sido Lisa quien lo traicionase.
Los mercados de Les Halles estaban frente a la iglesia de San Eustaquio. Para construir el mercado de Les Halles hubo que derruir todo un barrio entero de París que databa de la Edad Media. El único edificio que se respetó fue la iglesia de San Eustaquio. Zola ve una oposición neta entre los dos edificios: San Eustaquio, símbolo del pasado, de la Edad Media y de un mundo religioso que estaba a punto de perecer; frente a Les Halles, moderno y materialista.
Contrariamente a lo que Zola pensaba que iba a suceder, cien años después, se derribó el mercado y en la nueva explanada del Forum de Les Halles hoy todavía resplandece el impresionante edificio de la iglesia de San Eustaquio. El edificio religioso venció al mercado, pueda ser que siempre sea así.