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domingo, 14 de mayo de 2017
El almuerzo desnudo de William Burroughs
William Lee es un exterminador de insectos que ha dejado atrás las drogas y la mala vida. Pero se encuentra con que su esposa se ha convertido en adicta al polvillo con el que su marido mata a las cucarachas. Descubre que su mujer le está robando insecticida para drogarse con él. Lee es arrestado por la policía y esta alucinando a causa de una prolongada exposición al insecticida. Cree ser un agente secreto, y su superior (un insecto gigante) le asigna la misión de asesinar a su mujer, Joan Lee, que es, según el insecto, una agente de una organización llamada Interzona. Desoyendo al insecto y sus instrucciones, Lee vuelve a su casa y encuentra a su mujer durmiendo con Hank, uno de sus amigos escritores. Al poco, en medio de un juego, (imitaban el número de Guillermo Tell con una pistola) Lee mata accidentalmente a su esposa de un tiro (esto ocurrió en la vida real del autor). Después del trágico accidente de su mujer, comienza a tener horribles alucinaciones consecuencia de unas drogas que lo llevan a una seria adicción. Habiendo "cumplido" su misión, Lee huye a Interzona, y pasa su tiempo escribiendo informes de su misión. Interzona es una versión alucinante de Tánger (lugar desde el que escribió la novela) un lugar donde las máquinas de escribir son insectos que hablan y donde un escritor amanerado y su esposa son peones en un rompecabezas de espionaje bizarro entre los seres humanos y una raza de ciempiés gigantes. Allí, las máquinas de escribir que Lee usa son criaturas vivientes, que acostumbran a aconsejarle acerca de su misión. Clark Nova, una de estas máquinas de escribir, le insta a encontrar al doctor Benway, seduciendo para ello a Joan Frost, que es un doble fantasmagórico de su difunta esposa, Joan Lee. Tras descubrir que el doctor Benway es el líder de un cartel de la droga que produce la llamada "carne negra", Lee completa su informe y huye de Interzona a Annexia con Joan Frost. En la frontera con Annexia, y para probar ante los guardias que se trata de un escritor, Lee dispara a Joan Frost del mismo modo que lo hizo con su esposa, Joan Lee. Tras esto, los guardias le dan la bienvenida a Annexia. "El almuerzo desnudo" es un descenso a los infiernos de la droga y una denuncia horrorizada y sardónica, onírica y alucinatoria de la sociedad actual, un mundo sin esperanza ni futuro. Burroughs dispara sus flechas contra las religiones, el ejército, la universidad, la sexualidad, la justicia corrupta, los traficantes tramposos, el colonialismo, la burocracia y la psiquiatría representada por el siniestro Dr. Benway, el gran manipulador de conciencias, el experto en Control Total.
Yonqui de William Burroughs
“Yonqui” sigue siendo uno de los mejores retratos que se han escrito del adicto. Su lectura, que aún estremece, resulta bastante fácil y requiere una mínima atención. La historia ha demostrado que es autobiográfica. "Yonqui" es una mirada dentro del universo de las drogas, un pequeño atisbo dentro de ese submundo en los EEUU durante los años cincuenta. Es un impresionante testimonio sobre su experiencia con la heroína y no ahorra detalles, siempre narrados con un estilo frío, cortante y distanciado muy característico de él -y de la novela negra, donde declaró haberse inspirado-. De la mano de un personaje anónimo Burroughs nos muestra las vidas desesperanzadas y sin objetivos de un puñado de adictos, personas que hubieran podido llevar una vida "normal" pero que escogieron un camino más tortuoso. Burroughs se limita a contar de modo desganado la historia de esos personajes bastante anodinos. Y es que la droga, en palabras de Burroughs "no proporciona alegría ni bienestar, es una manera de vivir". Burroughs empieza su adicción durante la 2ª Guerra Mundial a base de morfina y opiáceos de farmacia y progresivamente comienza a recurrir a heroína adulterada del mercado callejero, con un precio considerablemente mayor. La novela retrata la cotidianidad del adicto y la lucha constante contra las resistencias de los médicos y farmacéuticos a dispensar narcóticos (algo impensable tan sólo veinte años antes, cuando estos mismos profesionales eran el principal grupo social de adictos y/o difusores de la adicción yatrogénica). “Yonqui” se publicó en 1953, gracias a los buenos oficios de Allen Ginsberg, que se paseó con el manuscrito bajo el brazo por diversas editoriales hasta dar con Carl Solomon, un editor más valiente -y más desesperado- que otros, y que años después confesó que era tal el terror que le daba trabajar con semejante material que estuvo a punto de sufrir un colapso. Y así fue como apareció uno de los libros míticos de la literatura norteamericana, pero también uno de los más prohibidos y subterráneos, en una editorial marginal, bajo el pseudónimo de William Lee. La conmoción que provocó su dura temática llegó incluso a superar sus expectativas. Burroughs era entonces un perfecto desconocido y la verdad es que con "Yonqui" escogió la manera más rápida de llamar la atención, ganándose casi al instante fama de escritor "maldito". Nacido en Saint-Louis el 5 de febrero de 1914, en el seno de una familia acaudalada, se educó en los mismos centros que la elite blanca, anglosajona y protestante que dirige Estados Unidos. A tenor de aquellos años, nadie hubiera dicho que estaba llamado a presidir el panorama contracultural de la segunda mitad del siglo XX. Graduado en Literatura Inglesa en Harvard (1936), marcha a Viena a estudiar Medicina, para volver con posterioridad a Harvard, esta vez para seguir un curso de Antropología. Desde muy joven se había ido formando gracias a su condición de rata de biblioteca y su esmerada educación burguesa (su abuelo fue el fundador de una famosa marca de calculadoras, posteriormente absorbida por IBM). Se casa con una judía alemana para librarla de los nazis y emprende un viaje por toda Europa. Trabaja de redactor de un periódico en St. Louis y a partir de 1938 se traslada a Chicago, donde ejercerá de exterminador de cucarachas. Durante su estancia en Chicago desde 1938 hasta 1943 se introduce en el mundo del hampa y la delincuencia, condicionado por su incipiente adicción a la morfina. En 1943 se instala en Nueva York, conoce a Herbert Huncke, uno de los “héroes” suburbanos retratados por los escritores de la generación beat y heroinómano prototípico. También en esa época conoce a Allen Ginsberg y Jack Kerouac. En el año 1945, a pesar de su homosexualidad, se casa con una mujer llamada Joan y compra una granja en Texas. Dos años después se traslada a Nueva Orleáns, donde comienza a tener problemas con la policía, ya que la situación legal es cada vez más difícil para los morfinómanos, por lo que huye a Méjico en 1949, donde escribe sus dos primeras novelas: “Yonqui” y “Marica”. En su debut como escritor, utiliza un estilo mucho más conciso y aséptico que en la mayor parte de sus obras posteriores otorgando prioridad a la historia más que a la forma literaria, construyendo una narración desprovista de todo elemento accesorio, casi minimal. Poco después de terminar “Yonqui”, escribe “Marica”, utilizando el mismo estilo simple y conciso. Esta será su novela más sentimental, ya que trata de sus diversas relaciones amorosas y sexuales durante su estancia en Méjico y Panamá. En ella queda claro que su matrimonio con Joan, a pesar de los hijos en común, es más una cuestión de amistad que de amor, ya que su condición de homosexual lo lleva a acumular jóvenes amantes masculinos, a menudo interesados por el dinero que esperan sacarle al “gringo”. En Méjico, cuando cree haber encontrado por fin su asentamiento ideal (le fascina la extrema libertad y el mundo onírico que se vive allí, amén de la facilidad con que puede comprar morfina) sucede un accidente que marcará su destino como escritor: su mujer muere tras recibir un disparo del propio Burroughs mientras realizaban prácticas de tiro a lo Guillermo Tell en estado ebrio. Este trágico suceso lo llevará a embarcarse en una expedición antropológica a Panamá, que después continuará en solitario por Colombia, Ecuador y Perú, en busca del yagé , un poderoso vegetal alucinógeno utilizado por diversas tribus latinoamericanas. Regresa a Nueva York en 1953 para asistir como padrino al nacimiento incipiente de la “Beat generation”. En 1954 se marcha a vivir a Tánger a causa de sus problemas con la justicia estadounidense, allí residirá hasta 1958. Estos años serán los más duros y dramáticos de su vida, a causa de su adicción cada vez mayor a la heroína. Durante este período no es capaz de escribir más que pequeños fragmentos inconexos, algunos de ellos incorporados después a su novela “El almuerzo desnudo”, que describe su vida en esta época. Tras numerosos intentos de desintoxicación, en 1956 se somete al revolucionario tratamiento de apomorfina del doctor John Dent en una clínica de Londres, con resultados positivos que le permitirán retomar enérgicamente su labor literaria. En 1960 se traslada a Londres, aunque con esporádicas estancias en París y Tánger. En 1965 reside en el mítico Hotel Chelsea de Nueva York, con diversos músicos y artistas de la nueva generación hippie, conoce a muchos representantes de la pintura y poesía de la década de los sesenta. Poco después regresa a Londres, donde residirá hasta 1974, fecha de su definitivo regreso a EEUU. Desde finales de los ochenta hasta su muerte en 1997, Burroughs publicó una enorme cantidad de novelas pero, sobretodo dedicó sus esfuerzos a la pintura, la música y el cine, grabando infinidad de discos. En definitiva, al final de su vida, el escritor maldito se convirtió en una especie de icono mediático.martes, 22 de noviembre de 2016
William Burroughs: "La gracia me llegó en forma de gato"
En los últimos años de su vida, William Burroughs, decidió llevar un diario. Al morir sus diarios fueron recuperados bajo el título de Last Words, una obra en la que podemos vislumbrar un pedazo refulgente de su obsesión: las drogas, la policía, los gatos y el amor.
La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones, ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos carentes de todo contexto personal.
“La gracia me llegó en forma de gato”, anotó en sus diarios finales; especialmente en forma de Fletch, su preferido. El ídolo de los beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor “es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”.
Vivía retirado en Lawrence, Kansas, solo con sus gatos y su rifle. Habitaba una cabaña de dos ambientes con rosales en el porche y una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos. Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor de la cabaña pistola al cinto.
Ahí recibió, el 21 de octubre de 1993, a Kurt Cobain, admirador suyo. Burroughs cursó la invitación al líder de Nirvana después de haber rechazado protagonizar el vídeo de Heart-Shaped Box, tema de “In utero” para el que Cobain soñaba con la figura del escritor como un viejo Cristo yonqui crucificado. Además, un año antes, en una grabación titulada “Le llaman El Cura”, una pequeña casa de discos había mezclado la voz del escritor con un fondo de la guitarra del músico. Definitivamente, el chico merecía un poco de su tiempo.
Burroughs recibió a Cobain por la mañana, rodeados de su gatos y de sus publicaciones sobre “armas, supervivencia y artes marciales”. Cobain llegó junto a su mánager, Alex McLeod, y un disco de Leadbelly, viejo cantante de blues que había descubierto gracias a una entrevista del escritor y que se había convertido, a sus ojos, en “el primer punk rocker”. “Estos nuevos chicos del rock&roll deberían dejar a un lado todas esas guitarras y escuchar algo que tenga realmente alma, como Leadbelly”, le dijo Burroughs.
En el encuentro Cobain-Burroughs nadie bebió, fumó o se drogó. Unos años antes, Burroughs había participado en una de las películas de la era grunge, Drugstore cowboy (1989), de Gus van Sant, interpretando a un personaje, apodado El Cura, a cuyo encuentro acude Matt Dillon, el protagonista, en busca de una respuesta sobre su destino. Hay cierto paralelismo entre ambos momentos. En la ficción, Burroughs responde: “Mi predicción para un futuro próximo es que los derechistas usarán la histeria de las drogas como pretexto para crear un aparato policial internacional, pero ya soy un hombre viejo y puede que no viva lo suficiente para ver la solución final al problema de la droga”.
Cuando Cobain se suicidó en 1994, Burroughs fue parco: “Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”. Burroughs reparó en el tormento del líder de Nirvana. Poco después, cuando Cobain se hubo marchado, Burroughs le confesó a su ayudante que había ‘algo raro en aquel chico’, advirtiendo que su invitado ‘fruncía el ceño continuamente y sin razón aparente’, como si estuviese librando una batalla secreta, una feroz y despiadada guerra interna”.
En 1996, un año antes de su muerte, comenzó el final. Murieron dos personas de su círculo más íntimo y, sus gatos, uno a uno. El primero fue Timothy Leary: lo fulminó un cáncer el 31 de mayo de 1996. Allen Ginsberg murió el 5 de abril de 1997 y es muy probable que esa pérdida haya sido la más difícil que Burroughs tuvo que afrontar en toda su vida. En los tres meses posteriores a la muerte de Ginsberg, dos de sus gatos fueron atropellados por un auto. Después murió Fletch, dicen que su gato favorito, el 9 de julio de 1997, sólo unos días antes que el escritor. Estaba listo para morir. Y así fue.
El 2 de agosto de 1997, un paro cardiaco se llevó a Burroughs, a los 83 años. Su inspiración para morir había sido Ginsberg, su gran compañero, que había escrito antes de irse: "Pensé que iba a estar aterrorizado, pero, en cambio, estoy fascinado".
Una vez contó que lloró cuando pensó en la posibilidad de morir en condiciones de una guerra nuclear. Lloró, dijo, porque no podía imaginar qué sería de sus gatos si él muriese. Sus gatos murieron muy poco tiempo antes que él, como si supieran que Burroughs no descansaría en paz si lo sobrevivían.
En su diario escribió sus últimas palabras:
No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor.
Su editor, James Grauerholz, aseguró que había muerto tranquilo y sereno. Al parecer, quería ser incinerado en Tánger y que luego esparcieran sus cenizas en Gibraltar. No hay Santo Grial. Solo un gato. Quizá Kurt Cobain no soportó la respuesta.
Para algunas personas puede ser patético que Burroughs, en su ruina final, haya cantado su elegía a sus gatos. Lo cierto es que Burroughs vuelve al amor un analgésico, un opioide. Termina con una nota cursi, pero también terriblemente honesta. Esto es interesante también porque Burroughs experimentó innumerables malestares debido a su longeva relación amorosa con la heroína (y sus sustitutos). Al parecer notó que el amor curaba o apagaba el dolor como un sueño de opio.
La de Burroughs fue vida marcada por el dolor y la soledad. El 6 de septiembre de 1951 asesinó por accidente a su esposa Joan Vollmer, dos años después de casarse con ella. Los había presentado Jack Kerouac. Vollmer murió de un disparo en la frente, jugando a Guillermo Tell con Burroughs. Antes del disparo, ella dijo: “Voy a cerrar los ojos. No soporto la sangre”. Ella era una joven estudiante de periodismo y él todavía no había escrito casi una palabra. Permaneció en la cárcel 13 días, pero luego con algo de dinero pudo evadir a la ley.
Sus amigos lo recuerdan como un tipo al que le costaba abrirse a otras personas. Un paria. Un extraño para todos. Nació en el seno de la clase media, y su niñera lo introdujo al opio. Fue abusado por el novio de ella. Su tío fue Ivy Lee, el inventor de las relaciones públicas modernas, quien fue el encargado de relaciones externas de la familia Rockefeller. Laura Lee Burroughs, su madre, procedía de una familia sureña de abolengo, entre cuyos ancestros estaba el general sudista Robert E. Lee.
El capital económico familiar, del que no gozó toda su vida, procedía de la máquina de sumar, la Burroughs Adding Machine, inventada por su abuelo. Ese invento fue el embrión de la calculadora. La empresa se llamaba American Arithmometer Company y funcionaba en St. Louis. Producía y vendía calculadoras. Seis años después de la muerte de su abuelo, la compañía se mudó en 1904 a Detroit y cambió el nombre a Burroughs Adding Machine Company. Fue líder en su sector por muchos años. La familia Burroughs vendió la empresa y los derechos de la invención por $200.000 dólares, poco antes del derrumbe financiero de 1929.
William S. Burroughs es recordado como uno de los principales exponentes de la Generación beat. De este grupo de escritores estadounidenses que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial y que rechazaron los valores tradicionales. La libertad sexual y el uso de drogas fue una de las características que definieron al grupo conformado por William Burroughs, Jack Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsberg, Herbert Huncke, John Clellon Holmes, entre otros. El grupo buscaba comprender el pensamiento oriental, además de encontrar un nivel de conciencia a través de la naturaleza y la meditación.
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