miércoles, 10 de mayo de 2017

El señor de los venenos de Enrique Symms


A mi padre lo conocí a los 8 años. Yo vivía con una tía. Nunca fui a la escuela, ni al primario. Recuerdo una casa en Monte Grande enorme, en la que había animales. Creía que era feliz, hasta que conocí el mundo cuando empecé a escaparme y a tener aventuras extrañas. Me hice delincuente juvenil. Cuando aprendí a escribir me di cuenta de que lo hacía bien, dice Symns.
Enrique Symns fue el creador de la memorable y extrañada Cerdos y Peces y de El Cazador, fue jefe de redacción de El Porteño, inventor de The Clinic (una revista que sacó en Chile), autor de biografías como la de Fito Páez, artista callejero y monologuista
Hoy no pasa nada. La derrota ha sido global. Se derrotaron las pasiones, no hay conversaciones apasionantes en los bares. Se acabó la promiscuidad, hasta la afectiva. Todo eso ha sido parte de la gran caída del alma de la gente. Estamos viviendo en un mundo sin alma, dice Symms.
Fue una figura del underground porteño de los años ’80 y principios de los ’90, ese laboratorio de experimentaciones y conductas alternativas que reunió desde artistas, escritores y periodistas geniales e irreverentes hasta traficantes y estafadores, pasando por drogones, manyines y vividores. Enrique Symns nació el 2 de enero de 1946 en Lanus, Provincia de Buenos Aires.
Jamás estudie. Vengo de la época de García Márquez. Él tiene un articulo que se llama “el mejor oficio del mundo” y dice que la universidad ha cometido el ultimo saqueo burocrático al robarle a la calle su ultimo oficio literario, porque realmente el periodismo se aprende en los bares, se aprende en conversaciones, se aprende de los mas viejos, se aprende con una gran disciplina de autodidacta y sobre todo haciendo muchas entrevistas, estando mucho en la calle, chocando contra los hechos, formando parte de ellos. Pero eso fue hasta que llegó la universidad, que de todas maneras yo considero que como dijo Nietzche “la universidad es la tumba del saber y la cuna del poder”. Allí nacen los jueces que nos mandan a la cárcel, los presidentes que nos gobiernan miserablemente, los sicólogos que nos encuentran locos. Siempre tuve una enemistad profunda con la universidad, lo cual no quiere decir que de allí no salgan grandes mentes, dice Symns
Los recorridos de su vida incluyen el tránsito por cárceles terribles, en las que cayó para terminar hacinado con cincuenta tipos en una celda de cuatro por cuatro. Las noches en los calabozos brasileños son casi memorables, pero también lo son las escenas de sexo con las mujeres más hermosas y exóticas que, por su inteligencia, se le acercan. El libro se cierra con el relato de su agitadísimo paso por Chile, donde participó del provocativo semanario The Clinic, y con el regreso a la Argentina.
Su infancia y su niñez transcurrieron con normalidad, salvo por un detalle: nunca fue al colegio. Ni un solo día. Su tía (que lo crió) no lo consideraba necesario y no lo mandó. Marcado por ese despojo, Enrique se volvió un muchacho taciturno, algo retraído, sin demasiada capacidad para la relación. A leer y escribir le enseñó su hermana, lo que fue su perdición, porque a partir de entonces no dejó los libros.

Stalker (o La zona) de Andrei Tarkovsky


Anoche vi por fin esta película rusa de 1979. Stalker no es para los que solo ven en el cine un entretenimiento. No. Se van a aburrir, dura dos horas y va de que en un lugar de Rusia llamado "La Zona", hace algunos años se estrelló un meteoro. A pesar de que el acceso a este lugar está prohibido, los "stalkers" se dedican a guiar a quienes se atreven a aventurarse en este inquietante paraje. Un stalker sale de su casa dejando a su mujer ofuscada que le reprocha, antes de su partida, la obsesión que tiene con La zona, que mejor se busque otro trabajo. Parte con un escritor y un profesor de ciencias. Durante gran parte de la película se muestra cómo avanzan a través de un campo atemorizados siempre de que les ocurra algo horrible. Nunca pasa nada, pero el temor está omnipresente, un temor que llega a sentir el espectador. El truco es genial: es el mismo temor que sentimos mientras vamos por el mundo: siempre existe la posibilidad de que se produzca algún desastre, en cualquier parte, en cualquier momento, bajo un paisaje de lo más “normal” y “tranquilo” digamos. Hoy con la inseguridad, pasa especialmente. Primer acierto de la película.
Mientras caminan y el paisaje se hace cada vez más raro, nos enteramos que después de caer el meteoro la zona donde se estrelló sufrió una particular alteración: quien llega a su centro adquiere el poder de convertir de inmediato sus deseos en realidad. Eso hace que haya gente que quiera llegar ahí, por eso entrar en ese territorio está prohibido por el gobierno. Al final llegan ante la puerta de una habitación que si la pasan adquieren ese poder. Pero no se animan. El científico quiere volar el lugar con una bomba que encuentra ahí. Pero el stalker y el escritor se lo impiden. ¿Por qué? ¿Por qué es tan peligroso el lugar?
La respuesta que encontré es sencilla (no es esto un copy and paste de una crítica): si a uno se le convirtieran en realidad automáticamente todos los deseos haríamos un desastre a cada minuto, incluso pondríamos en peligro al mundo. Imaginen: primero diríamos: deseo ser rico, deseo ser poderoso. Pero en algún momento nos cansaríamos o nos enojaríamos, bastaría desear la muerte un segundo para morir, bastaría en medio de un enojo desear la destrucción de una ciudad o de cualquier cosa para que quedara automáticamente destruida. Bien, resolví el misterio.
¿Pero cómo termina la película? Los tres vuelven y se van a un bar a tomar vodka al mejor estilo ruso. ¿Y quién aparece? La mujer del stalker con la novedad de que ella también quiere ir a la zona pero para entrar. El stalker la trata de convencer de que no vaya y menos con la hija pequeña que tienen. Al parecer no puede. De repente solo aparece la niña, y es la escena final, genial, genial: la niña está ante una mesa haciendo telequinesis con unos vasos que hay arriba: los mira y los mueve sin tocarlos. Conclusión: la esposa llegó a la zona y entró a la habitación con la niña que ahora tiene el poder y que seguramente en una pataleta destruirá el mundo. ¿Y la esposa? No tengo ni idea de lo que pasó con ella. Fin. Un genio, Tarkovsky.

RABIA ¿el libro maldito de Stephen King?

Leo los titulares de hoy: Dos muertos en un tiroteo en una escuela primaria de San Bernardino, California, 10 de abril de 2017. Ha habido cientos de casos como estos en EEUU, ¿Qué le está pasando a la sociedad norteamericana? ¿Cómo comenzó esta locura?
El 26 de abril de 1988, un adolescente llamado Jeffrey Lyne Cox llegó a su escuela, el San Gabriel Hight School, en California, con un rifle semi-automático. Retuvo a una clase de sesenta estudiantes durante treinta minutos.
El 18 de septiembre de 1989, el joven Dustin L. Pierce llevó a su escuela Jackson County High School en McKee, Kentucky, una escopeta y dos armas de mano, con las que sometió a una clase de álgebra durante nueve horas, en las que se enfrentó a la policía.
El 1 de diciembre de 1997, Michael Corneal llegó a su escuela con una escopeta, un rifle y una pistola calibre 22 y disparó a los jóvenes integrantes de un grupo de oración. Murieron tres tras ser hospitalizados y los otros cinco quedaron heridos. Parecía que iba con ese objetivo, pues al finalizar su matanza se rindió ante el director.
Hay un objeto que une a estos tres muchachos. Una novela titulada Rabia publicada en 1977, escrita por un tal Richard Bachman (en realidad Stephen King bajo otro nombre). Era un libro muy pequeño, una historia muy corta, pero suficientemente poderosa como para suponer que influenció de manera tan radical la mente de tres jóvenes norteamericanos. Es la conclusión a la que llegaron las autoridades: el libro en cuestión fue hallado entre las pertenencias de cada uno. Desde entonces (y hasta el día de hoy mismo) los casos como estos se multiplican sin cesar, con un número creciente de víctimas.
La novela no es de las que parecen emitir mensajes subliminales para convertir en desquiciados a sus lectores, como ocurrió con Mark David Chapman, asesino de John Lennon, quien dijo haber sido influenciado por El guardián en el centeno, de J. D. Salinger. Por el contrario, esta novela, escrita por Stephen King bajo su seudónimo, es absolutamente directa y explícita.
Trata de un adolescente llamado Charles Decker que decide retener en el aula a sus compañeros de clase, armado y dispuesto a disparar si no se ciñen al juego que propone, un juego de confesiones que se va desarrollando lentamente. Somete a los directores de la escuela, somete a sus compañeros, somete a la policía y al resto del pueblo, expectante a las afueras del plantel estudiantil, desde el escritorio de su profesora, empuñando un arma cargada.
No es una novela desalmadamente violenta, como aparenta ser. Su fama de ser propiciadora de tales crímenes estudiantiles la excede. La crudeza reposa, más bien, en un tipo de pensamiento que embarga la mente del protagonista y sus víctimas. Un pensamiento aparentemente retorcido —pero muy racional a la vez— inducido por los elementos culturales que determinan la conducta de una comunidad. Con Charles Decker nos damos cuenta de que la violencia se ha manifestado en diferentes formas desde su infancia. La exigencia de su padre por hacerlo un hombre fuerte, reclamándole una rudeza ajena a su edad, es la que desencadena una relación conflictiva que no cesa.
Stephen King, en los años noventa, prohibió la reedición del libro. Se sintió culpable de haber provocado, involuntariamente, tres crímenes de esta magnitud, e incluso avergonzado de haberla escrito. Sin embargo, el libro se siguió editando clandestinamente y las situaciones similares a la que plantea se siguieron repitiendo, multiplicando y agravando.
No es de las mejores novelas de King. Es un libro en el que no hay casi acción del tipo espectacular, lleno de fuegos artificiales, de esos que buscan algunos lectores, pero sí es cierto que desborda tensión y suspenso en cada línea. Su sencillez revela la habilidad narrativa superior de un escritor que la tiene desde hace muchos años. Fue la primera novela de Stephen King, y una de las dos novelas previas a Carrie.
El adolescente Charles Decker narra la historia en primera persona y nos cuenta a nosotros —así como a sus rehenes— episodios de su vida en los que podemos adivinar en dónde está el origen de su violenta e inesperada conducta. Por otro lado, las condiciones de este juego que propone Decker hacen que sus compañeros comiencen a destaparse ante él, un confesor a mano armada. Sorprendentemente, la reacción de estos jóvenes ante el inesperado secuestro no es alarmante como lo esperamos, sino que parecen aceptar el juego muy bien, como si se divirtieran con él. Se trata de un libro corto, cuyas páginas pasan volando, y la acción se concentra en una sola sala, siempre todo el mundo tenso ante la posibilidad de que algo pueda salir de quicio.
Charlie Decker, el secuestrador, está, sin dudas, fuera de sus casillas, está totalmente loco. Pero no es la locura esa de “voy a hacer tonterías”, “veo dragones”, o “pienso que estoy en otra época”. Es la locura que te hace más inteligente, capaz de todo lo inimaginable, calculador, abominable. Mientras que surgen los acontecimientos, el nivel de civilización y moralidad de Charlie descienden cada vez más rápido. Gracias a esta mezcla de inteligencia, frialdad y locura, Rabia consigue atrapar al lector dentro de la mente del adolescente, e incluso disfrutaremos con sus diálogos y negociaciones con el mundo exterior, que intenta que todo salga bien. Podríamos decir que Charlie Decker es una versión más del adolescente conflictivo por excelencia de la literatura: Holden Caufield (El guardián entre el centeno, J.D Salinger), sólo que con una pizca más de locura.
La cuadrilla, porque podríamos denominar perfectamente así a los rehenes, de Charlie son adolescentes como él. Lo conocen, han estado a su lado durante toda su vida, y se toman este secuestro como un asunto interesante del que hablar posteriormente. En la clase de Charlie hay personalidades de lo más dispares, para bien o para mal, que juntos forman el cóctel perfecto. Está la estudiosa, la cotilla, el negado, el conforme, la promiscua….Todo tipo de personas. Charlie ha secuestrado a la más variopinta clase de todo el instituto. Aunque parece que Charlie controla muy bien esa situación, presenciamos en las páginas finales lo que King nos lleva advirtiendo toda la novela: la locura es un mal que se propaga. Calificaría ese final de impresionante, con letras mayúsculas.

Zama de Antonio Di Benedetto

Antonio Di Benedetto es uno los mejores escritores que ha dado Argentina y Zama, su mejor obra. El libro trata básicamente de una parte en la vida de Diego de Zama, un funcionario de la corona española que vive en Asunción del Paraguay. La novela se divide en 3 capítulos que forman parte de 3 épocas en la vida de éste personaje. En cada etapa hay circunstancias en común pero muchas diferencias. Así el personaje va de la más dolorosa de las soledades del desarraigo hacia una existencia más salvaje y carnal. De anhelar un traslado a Buenos Aires donde reside su esposa a ver alejarse esa posibilidad entre desidia, desinterés, amores y desamores. Zama narra la agónica espera de Diego de Zama, un funcionario americano del imperio colonial español de finales del siglo XVIII. Suspendido en Asunción, ciudad en la que fue designado por corto tiempo, Diego de Zama aguarda el momento de incorporarse a una sede de mayor prestigio dentro de la administración ya sea en Buenos Aires, Lima, Santiago de Chile o en la codiciada Madrid. A lo largo de la novela, Zama espera: espera un barco con noticias de su familia, que dejó en Buenos Aires, espera su traslado a tierras más promisorias, espera las monedas de un sueldo siempre demorado, espera una recomendación, espera ser el protagonista de un acto heroico que lo redima. El lenguaje utilizado para retratar las situaciones, comportamientos y costumbres es puro, casi atemporal, de un realismo profundo y la mayoría de las veces cruel. Di Benedetto leyó libros y más libros de historia y de geografía antes de escribir Zama. Cotejó mapas, ciudades y distancias; miró grabados y pinturas de época; supo de los usos y las costumbres de españoles, criollos e indígenas en las ciudades coloniales. Sin embargo, no hay marcas de esas lecturas en su novela. Di Benedetto elige olvidar o extraviar sus apuntes de lectura a través del borramiento del dato histórico o del lugar geográfico preciso. De hecho, se deduce que la acción transcurre en Asunción del Paraguay por las referencias naturales y por las menciones de etnias indígenas, bosques, selvas y ríos; sin embargo, el nombre de la ciudad nunca se dice. De este modo, Zama renuncia a ser una novela histórica pues no tiene el afán de verosimilitud propio del género ni busca interpretar el pasado a través de una reconstrucción histórica. Diego de Zama vegeta en medio de la mediocridad. Lo único que lo mantiene vivo, diríase, son sus lances amorosos, auténticas aventuras donjuanescas. Se enamora como un galán de comedia áurea, ronda de noche junto a las ventanas, sufre por la aparente indiferencia de la amada, suspira, adora y besa la mano femenina como si fuera una reliquia, además de que mezcla la melancolía amorosa con la furia del deseo. Sin embargo, los años pasan, los lances del enamoradizo, así como las dificultades del funcionario, no cesan, el traslado no llega, las cartas menguan. Quizás como último recurso, Zama decide desempolvar la coraza y se propone alcanzar la gloria por la vía de las armas. Se embarca en una expedición que tiene algo de la tragedia de Lope de Aguirre, con ese ambiente de perfidia y muerte que lo impregna todo conforme avanza la hueste a la caza de un rebelde (el borroso Vicuña Porto) que, en realidad, se encuentra entre sus propias filas. Así muere Zama, literalmente desgarrado, indigno y absurdo, a manos de los hombres infames en un ambiente agreste, lejos de los amores refinados y de su familia.

Finnegans Wake de James Joyce


Si Ulises había sido un libro sobre el día, éste sería un libro sobre la noche. Muy pronto, en aquellos primeros días de 1923, comenzó a llamar a su nuevo proyecto «el monstruo». En su vida por aquel entonces, mientras la criatura iniciaba su lenta formación, caía una especie de anochecer. Su matrimonio hacía agua; su hija Lucia mostraba los primeros síntomas de la enfermedad mental que terminaría por engullirla; Ulises había sido, para su gran satisfacción, un escándalo y objeto de un culto instantáneo, pero las ventas no daban beneficios, y el esfuerzo de terminarlo, unido a su rampante alcoholismo, había causado daños irreversibles a sus ojos, enfermos desde su juventud.

La gestación comenzó un año después de publicarse Ulises. Estuvo muchas veces a punto de abandonar. En 1939, a las puertas de la guerra, casi ciego y con Lucia internada en un manicomio, terminó el libro. Habían pasado dieciséis años. Dos años después, en 1941, tras salir de Francia huyendo de los nazis, murió de pronto a causa de una úlcera duodenal perforada. Tenía cincuenta y ocho años y el aspecto de un hombre de setenta.

Hoy día, cuando los clásicos se leen tanto o más que nunca (a pesar de cierto pesimismo), la última novela de Joyce se lee extremadamente poco. Nabokov, que fue amigo de Joyce y un gran admirador de Ulises, equiparó Finnegans Wake con un ronquido persistente en la habitación de al lado y sólo a duras penas terminó de leerla.

Uno de los primeros reseñistas ya dijo que Ulises, una novela legendariamente ardua, era un silabario infantil comparado con Finnegans Wake. De hecho, Ulises, a pesar de su fama y de ciertas innegables dificultades, es un libro claro como el cuarzo, maravillosamente condensado y estructurado. La prosa de Ulises se despliega en una profundidad llena de imágenes y el diamantino sistema de ecos, paralelismos y resonancias va haciendo en el lector un efecto acumulativo que, hacia el final, provoca esa increíble sensación de levitación, entre eufórica y melancólica, que los buenos lectores de Joyce conocen tan bien. ¿Y cuántos personajes en la historia de la literatura pueden compararse en nitidez, en humanidad y en pura realidad con Leopold Bloom?

En Finnegans Wake no hay un Leopold Bloom, no hay esa cualidad cristalina de los detalles y de la estructura. El título se refiere a una vieja balada irlandesa, «Finnegan’s Wake» («El velatorio de Finnegan»), sobre Tim Finnegan, un albañil «nacido con amor al licor», que un día se cae de una escalera y se rompe la cabeza. En su velatorio, los asistentes bailan, se emborrachan y se pelean, de suerte que un chorro de whisky rocía su cadáver y lo devuelve a la vida para unirse a la celebración.

La novela comienza con el relato mítico del gigante Finn MacCool, trasunto de Finnegan, que muere y se transforma en el paisaje: su interior es ahora el mundo, su sueño o su bardo. Pronto se hace patente que no estamos en el ámbito del día, sino en el de los sueños, «donde el deseo es padre del evento», como leemos en una de los miles de citas deformadas (en este caso, de la segunda parte de Enrique IV: «El deseo es padre del pensamiento»).

Todo es fluido en Finnegans Wake, en primer lugar el lenguaje, que Joyce quería que fuese como el agua de un río, y, por supuesto, también son fluidos los personajes. Así, Earwicker se metamorfosea constantemente en otros personajes, objetos e ideas, cada uno de los cuales representa una suerte de caída: Parnell (uno de los padres de la independencia irlandesa), Lucifer, el sol, el crash del 29, la manzana de Newton, Napoleón, Tristán o Humpty Dumpty (que, si recordamos bien, es un huevo –cósmico, según Campbell– que se cae de un muro y se rompe, como la cabeza de Tim Finnegan). Earwicker está casado con Anna Livia Plurabelle (o ALP), en cierto modo el personaje central de la novela, quien es también el río Liffey y el río del tiempo y que desempeña a su vez multitud de papeles, por ejemplo, el de Isis en busca de los fragmentos perdidos de su esposo Osiris/Humpty Dumpty, que son la creación entera, su sueño, los trozos de la unidad perdida.

 El pecado original que precipita la caída adopta diversas formas. La principal es un acto indecoroso cometido por Earwicker en el dublinés Phoenix Park (trasunto del Edén), posiblemente su impúdica exhibición ante dos muchachas que orinaban entre unos arbustos (es famosa la obsesión mingitoria de Joyce). A continuación asistimos a un enorme juicio farsesco contra Earwicker, que es encarcelado y ultrajado, que muere y se hunde en una «acuosa tumba» en el lago Neagh. Se rumorea que resucita, se aparece en distintas batallas a lo largo del espacio y del tiempo, se convierte en un mito. A todo esto, cobran protagonismo cuatro recurrentes ancianos que son cuatro parroquianos de la taberna de Earwicker y, al mismo tiempo, los cuatro jueces de Earwicker, los cuatro evangelistas, los cuatro maestros autores de los Anales del reino de Irlanda, los cuatro ciclos viconianos, las cuatro estaciones, las cuatro provincias de Irlanda, las cuatro principales festividades judías anuales, etc. La atención se desvía de Earwicker, que será a partir de ahora una figura subliminal, aunque omnipresente. Aparece una carta, la famosa mamafesta, rescatada por una gallina que escarbaba en un montón de basura en busca de gusanos. Siguen largas exégesis eruditas de la carta, en la que, entre otras cosas, se nos proporcionan metaliterarias instrucciones para leer Finnegans Wake. La perdida y anónima carta reaparecerá una y otra vez a lo largo del libro, así como esa gallina que escarba y escarba y que se identifica oscuramente con ALP. Siguen secuelas y variaciones del juicio esencial, así como enfrentamientos y aventuras de los dos hijos gemelos de HCE y ALP: Shaun (el político, prudente y conservador, carismático pero incapaz de crear) y Shem (el artista, el introvertido, rechazado por todos, que escribe un libro fosforescente en un lenguaje que su hermano no puede entender), en los cuales parece haberse reencarnado Earwicker dividido en sus dos partes contradictorias, las cuales acabarán uniéndose en una mística (y cómica) reconciliación de contrarios. Cerca del final, el sueño comienza a desintegrarse. Entendemos que el soñador último es un tal Porter, que despierta a medias en su cama de Dublín. Una hoja seca en una rama rozaba contra la ventana y ese ruido insistente, al otro lado del ojo de la aguja del sueño, se transformaba en el rascar de la gallina en el montón de basura, en el tartamudeo de Earwicker, en los miles de voces que han entretejido miles de historias y una sola gran historia. Porter alberga sentimientos incestuosos reprimidos hacia su hija Isobel; en su sueño, incesto se ha transformado en insecto, y de ahí el apellido de Earwicker, derivado de earwig (tijereta o cortapicos), que en francés es pierce-oreille, es decir, perforaoídos (por la creencia de que esos insectos pueden atravesar el tímpano de un ser humano para depositar sus huevos en el cerebro), lo cual da uno de los muchos nombres de HCE, Persse O’Reilly, y está relacionado con el rascar de la hoja en la ventana y con la idea (importante en Finnegans Wake) de que los oídos de un durmiente están siempre abiertos y que los sonidos del mundo de afuera se transforman dentro en voces, en músicas, en historias, en mundos. Al final, la última frase, sin punto, continúa en la primera frase del libro, sin mayúscula inicial, el círculo más grande se cierra por fin (la gran O) y todo vuelve a empezar.

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

domingo, 8 de enero de 2017

Pánico de Mika Myllyaho

La madurez llega cada vez más tarde a hombres y mujeres, y eso, en el mejor de los casos, porque muchos prefieren quedarse aparcados en una especie de eterna juventud de la que prefieren no salir. Y eso sucede en buena parte del orbe occidental, incluidos los países nórdicos europeos. En esta obra el dramaturgo Mika Myllyaho ha abordado este asunto en forma de comedia. “Pánico” basa su reflexión en las dos emociones más potentes que existen: el amor y el miedo. Se trata de tres personajes masculinos que, por diversas circunstancias, se ven forzados a crecer interiormente, la vida les ha obligado a detenerse y reflexionar, a mirarse un poquito por dentro y a dar un paso renovador. El miedo surge de ese vértigo que produce cualquier situación de cambio o de ruptura. Ese miedo se va contagiando de un personaje a otro, por eso el miedo se transforma en pánico.
Mika Myllyaho (1966), es uno de los principales directores escénicos finlandeses y, desde 2010, es el director general del Teatro Nacional de Finlandia. Debutó en 2005 como dramaturgo con ‘Paniikki’, en donde se abordan "los problemas de ser un hombre". En su siguiente obra ‘Caos’ (2008), se adentró con evidente humor negro en las distintas visiones que sobre la vida tienen tres mujeres en el mundo de hoy, mientras que en su tercera obra, ‘Armonía’ (2009), la obra que completa la trilogía, es una comedia descarnada sobre el trabajo y la pasión.
‘Pánico’ plantea la situación de tres hombres en torno a los 40, que han fracasado en su vida afectiva y este fracaso acaba también por afectar a sus demás ámbitos existenciales.
Leo llega de madrugada y borracho al piso de Max. Ambos son amigos de la infancia, de su época de boyscouts. Leo, ingeniero, trabaja como representante de tecnología para ascensores. Su novia desde hace 13 años, María, le ha pedido que no vuelva a casa hasta que no reflexione. Su actitud le provoca una confusión tremenda. Leo pasa la noche en casa de su viejo amigo Max, y es a la mañana siguiente cuando, avergonzado y desesperado, le pide un favor: que sea su terapeuta durante una semana, justo el tiempo que le ha dado su pareja para encontrar una respuesta a su presunta crisis.
Pero Leo no sabe que Max está atravesando también una crisis existencial enorme, hace ya un año que ha dejado a Julia, su novia, tras diez años de relación y tuvo que ir a terapia para superarlo. No funcionó, y ahora está en una fase de búsqueda del equilibrio espiritual mediante ejercicios de meditación y silencio. Max lleva tres meses sin salir de casa por pánico, debido a un episodio de claustrofobia que sufrió en el metro. La llegada de Leo trastoca sus planes y provoca enfrentamientos entre los dos.
Y además hay un tercero en discordia: Joni, hermano de Max y amigo también de Leo, que es presentador de un programa televisivo, un talk show de mucho éxito. Joni es egocéntrico, algo histérico, cuida mucho su aspecto físico y le encantan los coches de lujo y las mujeres (en su agenda figuran cientos de nombres con las que ha tenido relaciones) pero no para quererlas sino para acostarse con ellas. Cuando conoce la causa por la que Leo está pasando unos días con su hermano Max, le dice a Leo que debe tender a que su vida deje de ser tan monótona y que se esfuerce por buscar los “puntos de giro”.
Ninguno quiere darse cuenta de sus verdaderos problemas, ninguno sabe cómo ayudarse entre sí, ninguno quiere afrontar sus miserias. Por eso los tres, desde la convivencia forzada y torpe, llegarán a situaciones inverosímiles y cómicas con el fin de sacar adelante sus caóticas vidas. No es la crisis de los treinta o de los cuarenta lo que provoca el estrés en un hombre, son sus propias circunstancias y su entorno diario, que hacen que no vea lo que para muchos está claro: no quiere afrontar sus problemas.
Mika Myllyaho aborda uno de sus temas habituales: los problemas de ser un hombre. La forzada convivencia de Max, Leo y Joni, demuestra la falsedad del manoseado dicho de que todos los hombres son iguales, se nos presenta a tres varones totalmente diferentes, los tres tienen problemas con el amor y afectivos, y cada uno lo encara de una manera diferente.

Al pedir Leo a Max una terapia se proponen dos formas de afrontar un problema, como lo hacen los mismos terapeutas. Max es partidario de la reflexión y la búsqueda de la causa del problema, como los psicoanalistas y Joni es partidario de atajar directamente el problema, como hacen los conductistas. “Pánico” es una comedia hilarante, que no hace sonreír, sino reír a carcajadas, y ayuda a fomentar las idea de que los hombres, afortunadamente, no somos todos iguales, por lo que podemos sentirnos totalmente libres, sin obligación de cumplir ningún patrón, tramontano y machista.


sábado, 7 de enero de 2017

G de John Berger

G. es la historia (y el nombre) de un Don Juan, narrada desde su nacimiento en las postrimerías del siglo XIX, que en sus andanzas amorosas recorre Europa y se mezcla en los grandes acontecimientos que marcaron el cambio de siglo, hasta la I Guerra Mundial. Pero el libro no se limita a narrar los lances y conquistas amorosas del protagonista, sino que más bien nos habla de la necesidad de G. de esas aventuras como único modo de existir, de vivir y así comprender la vida.
¿Quién es G.? ¿Don Juan? ¿Garibaldi? ¿Algún héroe romántico? ¿El libertador de las mujeres? Espectador de los principales acontecimientos que agitaron Europa en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial -desde la unificación italiana a las luchas nacionalistas en la ex-Yugoslavia, pasando por los albores de la navegación aérea-, G. Encarna, según su autor, «al hombre que hace el amor como una forma de destruir mentalmente a la sociedad establecida».
El libro es una reflexión compleja, sesgada y fragmentaria sobre la sexualidad masculina, en un mundo en el que las mujeres ya no son propiedad indiscutible de los hombres.
La novela nace y muere a la par de su personaje sin nombre que ha generado interpretaciones variopintas. Hijo ilegítimo de un italiano rico y una aristócrata inglesa, G es fruto de la decadencia e hipocresía del Estado burgués en tiempos donde se respiraba revolución proletaria y expansión imperialista. A su vez, en esos años surgían los primeros movimientos nacionalistas que desembocaron en la Primera Guerra Mundial junto con el fin del socialismo utópico.
El personaje es una suerte de Don Juan desencantado y desclasado. Su crianza y doble nacionalidad parece alejarlo de todos. El no es nadie, o es Europa entera. G no hace avanzar la historia, sino que es atravesado por la Historia. No le interesa estar del lado de los explotadores, ni de los explotados. No sabemos a qué se dedica –además de sus conquistas amorosas–, ni qué lo motiva. G, además de no tener nombre, pareciera no tener cabeza, es un personaje sin psicología. Es una idea. La idea que eligió Berger para retratar los “vicios y costumbres” de la sociedad europea de preguerra a través de un erotismo que pone al descubierto, entre otras cosas, la dominación del hombre sobre la mujer.
Los personajes femeninos se van transformando en iconos. Son importantes por lo que representan: el proletariado, la moral burguesa, el imperialismo y finalmente la lucha nacionalista. Cada amante de G es seducida y, al ser puesta en evidencia, es liberada. En ese sentido, el Don Juan de Berger no es el histérico Tenorio sino una especie de redentor. Sin embargo está más cerca de un personaje de la picaresca que de un héroe romántico. Su vida no avanza hacia un destino, sino que se va encadenando de acuerdo con las mujeres con las que se cruza
G es una muestra extremada de la preocupación del escritor por la relación entre arte, vida y política. Cuando Berger recibió el premio tenía cuarenta y cuatro años, había dejado definitivamente Inglaterra hacía una década y estaba en el apogeo de su militancia política y visibilidad mediática. Ese mismo año había escrito y protagonizado Modos de ver, un programa sobre arte que emitió la BBC, acompañado de un libro con el mismo nombre que se convirtió en best-seller y referencia obligada de los estudios estéticos.
Este pintor reconvertido en crítico y escritor había estado en el ejército británico durante la guerra, compartido lugar de trabajo con Henry Moore, escrito en prensa bajo la supervisión de George Orwell y padecido la censura anticomunista. De alguna forma, Berger estaba de vuelta. Pero todavía le quedaba media vida más de novelas, poemas, guiones y escritos inclasificables. Le quedaba, por ejemplo, De sus fatigas, la excepcional trilogía sobre la vida campesina europea. Le quedaba escribir sobre Picasso, cartearse con el subcomandante Marcos. No sabía que iba a instalarse en un pueblito olvidado de los Alpes franceses, escribiendo cuatro horas por día, trabajando la tierra y moviéndose en una moto. Ignoraba que todos esos pasos le darían aún más espesor a su literatura, simplificándola.