sábado, 13 de mayo de 2017

Eduard Limónov: Soy yo, Édichka

Escritor no es quien escribe sino quien no puede dejar de escribir. Y la definición le ajusta casi a la perfección a Eduard Limónov. Bueno, en función de las muchas cosas que parece no poder dejar de hacer, igual las "profesiones" se le amontonarían. No todas, parece ser, al gusto de las leyes: ha pasado diversas etapas en prisión debido a sus radicales actitudes políticas que le han situado siempre en una especie de encrucijada de constante polémica.

Y "Soy Yo, Édichka", primera de su serie de narraciones autobiográficas, no hace más que constatarlo lìnea tras linea. El joven escritor residente en Nueva York, donde de vez en cuando se lamenta de la fama y el prestigio que ha dejado atrás en la Rusia natal de donde ha salido y donde, proclama a lo largo de las páginas, no piensa volver. Cualquiera volvería, porque, aunque parece atravesar penurias económicas, el tipo se lo pasa en grande. Hasta alardea de que su casero en el Hotel Winslow le tenga manía por "no parecer infeliz".

Centrado en su estancia en diversos cuchitriles de los que se avergüenza, vagando entre cobro de subsidios y empleos de mala muerte, Limónov transita de catre en catre, apegado a un esquizoide recuerdo de su amada ex-mujer, la modelo Elena, cuyo recuerdo va y viene a lo largo de todo el libro y martiriza a Limónov. Obsesión que condiciona todos sus juegos, abundantes, variados, pues tras esa traumática experiencia matrimonial decide llevar a término todo tipo de escarceos relacionados con todo tipo de gustos sexuales.

Auténtico festín de encuentros, el que se avecina. Obsceno, por lo crudo y minucioso de sus descripciones le parecerá a alguno. Habrá quien exagerará y lo llamará hasta pornográfico, pero eso sería una equivocación de peso. Puesto que todas las proezas sexuales de Limónov son descritas con naturalidad, si acaso con cierto aire de chulería, pero en modo alguno con intención provocadora. Aquí el autor parece más un Serge Gainsbourg que un Hunter S. Thompson, aunque todo parezca muy gonzo. La cuestión es que, en ese mundo en el que parece estar de visita, Limónov está cómodo, observando todo el nutrido universo que le rodea y le observa a su vez. Sacando un extraño partido de su exotismo. Rodeado, en ese Nueva York revuelto y cosmopolita de la segunda mitad de los 70, de una combinación estrafalaria de intelectuales, compatriotas, y relaciones esporádicas. Limónov, rondando la treintena, teje en Soy Yo, Édichka un curioso canto a la vitalidad, una incontestable oda a la carnalidad más desinhibida, y aunque esto podría ponerse en duda viendo cómo el autor ha abrazado a posteriori algunos de los trazos ideológicos de los que aquí parece renegar, una involuntaria crítica, un ataque a la línea de flotación de los regímenes totalitarios. Porque esta es la sensación que permanece tras esta estimulante lectura: el aire libertino de un poeta ruso en medio de una gran ciudad americana. Duro, excesivo y descarnado, pero, a la vez, lírico y honesto.

Los detectives salvajes de Roberto Bolaño

Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes, salen a buscar las huellas de Cesárea Tinajero, una misteriosa escritora desaparecida en México en los años inmediatamente posteriores a la Revolución, y esa búsqueda, el viaje y sus consecuencias se prolonga durante veinte años, desde 1976 hasta 1996. Los detectives salvajes es una obra con tintes autobiográficos. Bolaño adopta el nombre de Arturo Belano y comparte protagonismo con Ulises Lima (que no es sino el alter ego del mejor amigo de Bolaño en la vida real, Mario Santiago Papasquiaro).
La novela se divide en tres partes. Comienza en México D.F., donde Juan García Madero entra en contacto con el realismo visceral. Por medio de este personaje (García Madero) nosotros conocemos a los poetas que integraron ese movimiento y también a Lima y Belano. Sabemos de sus penurias económicas y su pasión por la escritura, de cómo recorren las calles de D.F., de cómo roban los libros que no pueden comprar y se reúnen en los cafés, y en la casa de Joaquín Font, que les sirve en numerosas ocasiones de punto de encuentro.
En la segunda parte, los dos protagonistas han emigrado a Europa y desde allí han seguido caminos dispares. Los testimonios nos describen las tribulaciones de Belano por España (que en gran parte fueron las de Bolaño): el reencuentro con su madre, el trabajo como vigilante en un camping, etc. También se describen los viajes de Ulises Lima por Francia, Israel y Austria (viajes que Papasquiaro realizó, aunque no con el contenido que se les da en la novela). Es aquí donde se narra el final de cada uno de los integrantes del realismo visceral, incluidos, Lima y Belano.
La tercera parte, la más breve, es anterior a la segunda cronológicamente. Retoma la historia de Juan García Madero en D.F. Narra cómo tuvo que huir de la ciudad, hacia Sonora, (México) en compañía de Lima, Belano y otro personaje, Lupe. Al mismo tiempo, se describe la búsqueda del rastro de la poetisa Cesárea Tinajero.
Juan García Madero es el autor del diario que conforma la primera y la última de las tres partes en las que se divide la novela. A través de su diario personal, seguimos al joven García Madero, huérfano, poeta y soñador, en el descubrimiento de su sexualidad, las relaciones con los detectives salvajes, y su apertura al mundo adulto.
Los personajes Lima y Belano persiguen uno de los posibles orígenes de la poesía moderna mexicana: el real visceralismo, que tiene su fundamento en las poéticas vanguardistas mexicanas del siglo XX. En este sentido, la figura de Juan García Madero es vital, no solo porque vive y describe el mundo literario existencial presente en Ciudad de México a mediados de los años 70, sino porque es él quien acompaña a Belano y Lima en su búsqueda de Cesárea Tinajero, precursora del real visceralismo, y, además, es quien finalmente recepciona la obra no publicada de la mítica poeta. Luego sabemos que la búsqueda de Belano y Lima acaba irónicamente con la muerte de Tinajero, lo cual nos hace vislumbrar que el supuesto origen y continuación de su legado quedaría en manos del más joven y recién incorporado Juan García Madero.
La misión de Belano y Lima es descubrir el paradero de Cesárea Tinajero, fundadora del grupo literario Real Visceralista. Lima y Belano han fundado una segunda etapa del grupo 50 años después y sus investigaciones pretenden determinar donde esta Tinajero y que fue de su producción literaria. De acuerdo a Belano y Lima, sus descubrimientos tendrán efectos devastadores para la literatura en español en general. Nunca se explica porque piensan esto.
Al final de la novela, Lima y Belano escapan hacia el desierto de Sonora para buscar a Tinajero, perseguidos de cerca por el padrote de Lupe, una prostituta adolescente a la cual ayudan a escapar y acompañados de impromptu por García Madero.
En Sonora, tras un minucioso rastreo, localizan a Tinajero solo para ser enfrentados por el padrote y un secuaz en una riña en la carretera en medio del desierto que incluye armas blancas y de fuego. En la riña muere el padrote, su compinche y Tinajero. Este suceso arruina el proyecto de Lima y Belano y este suceso es una explicación de la errabunda degradación que parecen sufrir ambos personajes durante los siguientes 20 años, los cuales vemos a través de los multitudinarios testimonios que pueblan la novela. Es posible entender que la muerte de Tinajero, precipitada por las acciones de Lima y Belano, se convierte en la maldición de ambos.
La novela podría ser calificada esencialmente como una narración testimonial, ya sea centrada en un solo personaje como sucede en la primera y última parte, o bien, expandida en una vasta red de monólogos que componen el relato central donde van apareciendo las más variopintas y diversas personalidades.
Entre los personajes secundarios podemos hallar primeramente a Amadeo Salvatierra, cuyo testimonio transcurre a comienzos de 1976, relatando un encuentro que tuvo con Belano y Lima, quienes recurren a este escribano para seguir los rastros de la madre de la vanguardia poética. Además, aparecen figuras como las de Joaquín Font y sus hijas, así como otros cercanos al núcleo literario real visceralista, entre los que cuentan la distanciada pareja compuesta por Jacinto Requena y Xóchitl García; Piel Divina, Luis Sebastián Rosado y Laura Jáuregui, entre otros. La variedad de nombres se amplía aún más, entendiendo que, tal como se indica en un comienzo, el relato se extiende por veinte años.
Otro aspecto a destacar en relación de Belano y Lima se evidencia en el fiel retrato de la condición de hombres móviles y errantes. Ambos inician aquel viaje en busca de Tinajero, pero el tiempo los separa y traza sus rumbos por parajes insospechados, atravesando continentes y formando vínculos con hombres y mujeres en lugares diversos y en ciertos casos tan antitéticos como Estados Unidos con la revolucionada Nicaragua. La capital de México queda estrecha para contener la travesía de los poetas, sus caminos se entrecruzan y bifurcan, transportándonos a Chile, España (Barcelona, Mallorca y Cataluña), Israel, El Cairo, Liberia, Angola, Nepal e Italia, entre otros países.
Los detectives salvajes es, en resumen, una mezcla maravillosa de autobiografía y ficción, en el que el asunto es la búsqueda, en primer lugar de una nueva poesía encarnada por la poeta Cesárea Tinajero, pero además se advierte la persecución de la libertad y del amor.

Alberto Laiseca

Laiseca nació en Rosario el 11 de febrero de 1941 y pasó su infancia en Camilo Aldao, un pueblo ubicado entre las provincias de Córdoba y Santa Fé. Ahí cursó la primaria pero el pueblo no tenía colegio secundario, así que cuando le llegó el turno tuvo que viajar todos los días al pueblo vecino, Corral de Bustos, a 28 kilómetros, para completar su educación formal. Su vida familiar está profundamente marcada por la muerte de su madre.
En 2010, su pueblo lo declaró Ciudadano ilustre. Ese lugar lo marcó profundamente por dos hechos fundamentales: fue la zona donde comenzó a imaginar historias y donde experimentó una tormentosa relación con su padre. "La cabeza de mi padre", uno de sus relatos de terror, da cuenta de esa experiencia.
Su primera lectura decisiva fue El lobo estepario, de Hermann Hesse, que imitó según él hasta el plagio. Habría que sumar a Mika Waltari, Oscar Wilde (su Retrato de Dorian Gray) y El fantasma de la ópera, de Gastón Leroux.
En un homenaje realizado en el Centro Cultural Rojas en 2014, Laiseca recordó “estar en el patio de la casa de papá, en un día de verano, sentado en la tierra, imaginando cosas y, también, esperando a mi pandilla, que eran seis chicos con los que salíamos a hacer aventuras. Sus madres me odiaban, porque decían que mandaba más yo que ellas, y era verdad. Esas eran las cosas que me ayudaban a no volverme loco”, relató el escritor sobre el pueblo que lo acompañó en su memoria hasta el último día de su vida.
Menospreciado por su padre y abandonado a su suerte, Laiseca viajó a Buenos Aires en 1966 y tuvo que rebuscárselas para sobrevivir: fue cosechero, empleado telefónico, peón de limpieza, corrector de pruebas de galera, durmió en la calle, pasó hambre, vivió en muchas pensiones, pero nunca dejó de escribir. Durante siete años sobrevivió muy al límite. En 1973 lo presentaron a los editores del diario La Opinión, que publicaron su primer cuento y las cosas muy de a poco empezaron a cambiar.
Los años 70 fueron complicados en términos personales pero fueron los años de su entrada formal en la literatura. En 1976 el sello Corregidor publicó su primera novela, Su turno para morir y recién seis años después saldría su segundo libro, Aventuras de un novelista atonal. A partir de entonces, escribiría y publicaría un libro cada dos o tres años y su obra completa es vasta y compleja: más de veinte libros en varios géneros, del cuento a la novela, pasando por el ensayo y por textos de género más híbrido.
Gracias a su voluntad desmedida y su imaginación desbordada, fue creando con el tiempo un estilo tan extraño como personal: el llamado "realismo delirante", un género literario personal que trabaja con la realidad a partir de la exageración y donde las cosas cambian su dimensión para ser miradas, pensadas y narradas desde una nueva concepción espacio-temporal. Decía que lo suyo era el "realismo delirante", es decir, "ni realismo, ni realidad".
La década del 90 es considerada por los críticos y los lectores una clave de la producción literaria de Laiseca: es cuando termina de delimitar una zona de interés y donde la escritura hace cumbre. La hija de Kheops, La mujer en la muralla, El jardín de las máquina parlantes y, sobre todo, Los Sorias, uno de los proyectos más vastos y jugados de la literatura argentina del siglo XX.
"Los Sorias" narra la historia de una civilización durante el reinado mundial de tres dictaduras: Soria, Unión Soviética y Tecnocracia que emprenden una batalla sin final por aniquilarse mutuamente. Esta monumental obra de más de 1.300 páginas -la más extensa de la literatura argentina- le llevó diez años de escritura y otros quince para poder publicarla. Los Sorias tiene 30 mil palabras más que el Ulises de Joyce y fue escrita sólo para vengarse de unos vecinos de su infancia.
En cine, Laiseca participó en dos películas de Mariano Cohn y Gastón Duprat: "El artista", por la que el escritor estuvo nominado a varios premios como actor revelación, y "Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo", basada en una historia escrita por él.
Durante su último año y medio de vida estuvo en un geriátrico del barrio de Flores, donde era visitado por algunos de sus discípulos. Murió el 22 de diciembre de 2016, al mediodía, a los 75 años, en el Hospital Británico del barrio de Barracas.


Un hombre afortunado - John Berger


En 1967 John Berger y el fotógrafo Jean Mohr acompañaron a John Sassall, un médico inglés que ejercía su profesión en una comunidad rural. La obra narra varias historias del trabajo de Sassall con sus pacientes, a la vez que revela pensamientos sobre su profesión y su vida para acercarnos gradualmente al hombre. Las fotografías de Jean Mohr marcan rasgos indispensables de la historia y dialogan con un texto lleno de reflexiones del propio Berger y otras procedentes del mundo literario y filosófico: de Conrad a Gramsci, de Piaget a Sartre. Con una prosa hipnótica, a mitad de camino entre la narración y el estudio antropológico, Un hombre afortunado, publicado por primera vez hace más de cuatro décadas, es un libro de absoluta vigencia, una lúcida meditación sobre el valor que le asignamos a una vida humana y sobre cuál es el verdadero rostro de la medicina. Un libro hermoso, maravillosamente escrito e ilustrado con llamativas y emotivas fotografías.

Verano de J. M. Coetzee


La serie más personal de la obra de Coetzee la constituyen sus "novelas autobiográficas", Infancia (1998), Juventud (2002) y Verano (2009). Una trilogía de textos que no solo pone en cuestión el límite entre realidad y ficción sino que vulnera todas las convenciones del género autobiográfico. Nada queda aquí de la reconstrucción autocelebratoria de momentos iluminadores de la vida que constituyen la figura de un "autor".
Infancia narra los primeros años de la vida de Coetzee en la década de 1950 en Worcester, pero el foco narrativo es tan cercano que lo allí contado se limita a lo que un niño de pocos años es capaz de observar y procesar por su cuenta.
En dirección opuesta, Juventud mantiene una constante y fría distancia en su personaje, en un "retrato del artista adolescente" que solo llega al arte a partir de la decepción y la inadecuación al mundo.
En Verano la apuesta es aún mayor: la novela reconstruye la vida adulta de J. M. Coetzee hasta su muerte (que en la ficción ya aconteció), a partir de las voces de diversas mujeres que lo conocieron y que son capaces de descomponer hasta sus más oscuros vicios y miserias. Una vez más, Coetzee revela la verdad oculta en las zonas perversas de la naturaleza humana, pero en este caso se atreve al desafío de asumir la oscuridad en carne propia.

viernes, 12 de mayo de 2017

Nostalghia de Andrei Tarkovsky (1983)


Andrei Gorèakov, un poeta ruso, recorre Italia en compañía de Eugenia con la intención de investigar la vida de un compositor del siglo XVI. En su viaje se encontrarán con el apocalíptico Domenico.
Crítica:
Ya está, acabo de rendirme. Esta es la quinta película que veo de Tarkovsky y definitivamente me ha desarmado por completo, me arrodillo a sus pies, beso sus zapatos, dejo que el musgo que nace entre los adoquines de sus suelos acaricie mis mejillas. Dejadme ser subjetivo, dejadme, por favor, ser subjetivo. No me juzguéis, no os lo toméis como un ataque, como una ofensa, como si estuviera tomando partido, como si me creyera mejor o peor que nadie, como si alguna vez supiese algo que otra persona no hubiese pensado o sentido antes que yo, sólo dejadme decir que es el mejor. Dejadme decir alto y claro que Andrei Tarkovsky es el mejor director de la historia del cine, dejadme decir no se siente en otras películas lo que se siente en las suyas, que el aire sabe distinto, que al agua se escucha entre los labios, que el fuego arde entre las hiedras.
Dejadme divagar, dejadme seguir saboreando la exaltación interior que aún remueve mis entrañas. Ya tendré tiempo a arrepentirme mañana, ya tendré tiempo a pensar y juzgar y comparar y analizar y destripar todo lo que es destripable y analizable y comparable. No se puede ser tan bueno, simplemente no se puede. No me importa de qué va la película, no me importa nada, sólo dejadme beber de las imágenes, de cada una de ellas, sentir como bajan por la garganta y reposan en el alma. No sé cómo seguir, no puedo seguir. Sólo quiero dar las gracias, gracias por el arte, gracias por el cine, gracias por Tarkovsky.
R_DeNIRO


jueves, 11 de mayo de 2017

El hombre en el castillo de Philip K. Dick

El hombre en el castillo se publica en 1962. La novela nos transporta 15 años después de que la Segunda Guerra Mundial dividiera el mapa de lo que fue Estados Unidos entre el Reich en la costa oriental, el Imperio japonés en la occidental y un asfixiante territorio neutral en el interior. Nazis y nipones mantienen la paz entre ellos y se reparten las costas. En la antigua potencia estadounidense unos nativos conviven (o sobreviven) con los conquistadores, bajo las severas leyes impuestas por estos.
El hombre en el castillo se desarrolla mayormente en la ciudad de San Francisco, donde Robert Childan posee un próspero comercio dedicado a la venta de antigüedades americanas que obtiene sus beneficios de la fiebre coleccionista de la distinguida sociedad japonesa. El señor Nobusuke Tagomi, cliente habitual de Artesanías Americanas S.A. y titular de la Misión Comercial del Gobierno Imperial, es un hombre que sufre la disyuntiva entre el pasado de unas raíces que aún se encuentran en su sentido moral, la presente situación política del Japón que mantiene alianzas diplomáticas con el Reich, y a la vez el ser receptor de información privilegiada que augura hechos dramáticos.
Las vidas de ambos se cruzan con la del artesano joyero Frank Frink. Los tres serán testigos de la posibilidad de un resurgir de la decadente sociedad de nativos estadounidenses, mientras que los acontecimientos los mezclan en situaciones dependientes de la diplomacia. Mientras tanto Juliana, esposa separada de Frink, se encuentra en el Estado neutral de las Montañas Rocosas camino de encontrarse con Hawthorne Abdensen, el misterioso autor de una novela que propone un universo paralelo en el que las potencias del Eje pierden la Segunda Guerra Mundial.
El asesinato de Roosevelt conllevó una política aislacionista y la tardía entrada americana en la guerra. Para cuando lo hicieron ya estaba todo perdido. Lo más brillante de la obra resultará la repetitiva pregunta que se hacen los personajes sobre qué hubiera pasado si nazis y japoneses hubieran perdido la guerra, llegando a considerarse esto, a veces, como un imposible.
La novela "La mangosta se ha posado", escrita Hawthorne Abendsen, que está en boca y manos de muchos de los personajes, especula con la supervivencia de Roosevelt. Aunque fácilmente hallable, está prohibida, y su amenazado autor dicen que vive recluido en un castillo.
El hombre en el castillo es una ucronía, es decir, una novela que explora tiempos o etapas históricas que nunca ocurrieron. Dick ubica varias historias en esta ucronía pero se centra de modo especial en cinco: La de Robert Childan, la de Frank Frink y su ex esposa Juliana, la del señor japonés Nobusuke Tagomi, y la un agente alemán que, escudado tras el falso apellido Baynes, viaja a la zona de dominio japonés sobre Estados Unidos, con un propósito que Dick va revelando lentamente.
Juliana, ex esposa de Frank Frink, se obsesionará tanto con "La langosta se ha posado", que viajará hasta el búnker donde Abendsen se protege de los nazis, conocerá al mismo Abendsen, y junto a él hará el descubrimiento capital y estremecedor del libro: Que Alemania y Japón "en realidad" perdieron la Segunda Guerra Mundial.
Abendsen intuyó que el mundo donde él vive no puede ser real; de hecho, que escriba y publique La langosta es un modo de hacer pública su sospecha. Con su libro, Abendsen, plantea que la humanidad entera se halla sumida en un delirio del cual sería oportuno despertarla.
El hombre en el castillo postula que para acceder a la verdad no necesariamente ayuda el estar cerca de los hechos. El hombre en el castillo trata de alguien —Abendsen— que, alejado del mundo y encerrado en su búnker (su castillo), ve la realidad con mucha mayor facilidad que quienes están inmersos en los hechos. Es la figura del pensador (sea artista, filósofo, místico o científico) que aislado en su "torre de marfil" cuenta con una mejor perspectiva para ver el universo que aquellos hombres que están en contacto con los hechos y que no cuentan con suficiente distancia para emitir ciertos juicios. Dick plantea que en un símbolo puede haber más verdad que en un hecho. En un mundo que le rinde culto a los hechos, al pragmatismo y a lo empírico, la posición de Dick es absolutamente desafiante.
"El hombre en el castillo" no es una novela de ritmo vigoroso, ni posee demasiada acción (se cuenta un tiroteo, una breve persecución y una pelea cuerpo a cuerpo). Habrá lectores que la encuentren aburrida y hasta insustancial en cuanto a los hechos que narra, pues los acontecimientos transcurren sobre todo a través de los diálogos. El gran valor que tiene es, sin duda, el mover a la reflexión.