lunes, 26 de febrero de 2018

David Herbert Lawrence



Nació en Eastwood el 11 de septiembre de 1885. Cuarto hijo de Arthur John Lawrence, un minero, y Lydia Beardsall, una maestra. David Herbert asistió a la escuela primaria en Eastwood y completó la escuela secundaria en Nottingham. Arthur John Lawrence fue un minero que casi no sabía leer. A los dieciséis años, el futuro escritor comenzó a trabajar en Nottingham.

 Dejó los estudios en 1901 y consiguió un empleo de tres meses como dependiente en una fábrica de aparatos quirúrgicos en Haywood, antes de que un brote de neumonía pusiera fin a este trabajo. Mientras permanecía convaleciente, solía desplazarse a la granja Haggs, el hogar de la familia Chambers, donde entabló amistad con Jessie Chambers. Un aspecto importante de esta relación con Jessie y otros adolescentes fue la pasión que todos ellos sentían por la literatura.

 Jessie Chambers quien se conviertió en su mejor amiga y que con el tiempo sería la inspiración para el personaje de Miriam en la novela "Hijos y amantes". De 1902 a 1906, Lawrence se desempeñó como maestro en la British School de Eastwood. También dedicó la casi totalidad de su tiempo a los estudios y recibió un diploma de docencia por la Universidad de Nottingham en 1908.

 En el otoño de 1908, Lawrence dejó el hogar de su juventud para trasladarse a Londres y se convirtió en maestro en Croydon, cerca de Londres. La muerte de su madre, en 1910, Lydia, marcó profundamente la vida de Lawrence. Es evidente que Lawrence mantenía una relación muy cercana con su madre, por lo que la pena que sintió tras su fallecimiento supuso un giro en su vida. A finales de ese mismo año volvió a enfermar de neumonía, por lo que decidió dimitir de su cargo de profesor. Una profesora colega suya, Helen Corke, le ofreció libre acceso a sus diarios íntimos sobre una triste aventura amorosa, que sirvió de fundamento para El intruso.

 En marzo de 1912, el autor conoció a Frieda Weekley, cuyo apellido de soltera era von Richthofen, y con quien compartiría el resto de su vida. Frieda era seis años mayor que él, estaba casada y tenía tres hijos pequeños.12 Entonces era la esposa de un antiguo profesor de lenguas modernas de Lawrence en la Universidad de Nottingham, Ernest Weekley.

 De este modo, ambos comenzaron una aventura y huyeron a la casa de los padres de Frieda en Metz, que en ese entonces era una fortificación alemana próxima a la frontera disputada con Francia. Su estancia en Metz supuso el primer encuentro de Lawrence con el militarismo, cuando fue arrestado y acusado de ser un espía británico, antes de ser liberado gracias a la intervención de su futuro suegro. Tras esta experiencia, Lawrence se desplazó a una pequeña aldea al sur de Múnich, acompañado de Weekley en la que fue su «luna de miel.

 Finalmente, Weekley obtuvo su divorcio. La pareja optó por regresar a Inglaterra con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y contrajo matrimonio el 13 de julio de 1914. La nacionalidad alemana de Weekley, así como el rechazo abierto de Lawrence por el militarismo, levantaron sospechas hacia ellos en una Inglaterra sumida en la guerra, por lo que casi tuvieron que vivir en la indigencia.

 El arco iris (1915) fue censurado, tras una investigación, por su supuesta obscenidad. Más tarde, la pareja fue incluso acusada de espionaje y apoyo a los submarinos alemanes en las proximidades de la costa de Cornualles, donde vivían en Zennor.

  En realidad, la pareja fue expulsada Cornualles en octubre de 1917 debido al pacifismo de él y la nacionalidad alemana de ella. Huyó de Inglaterra en cuanto tuvo oportunidad y regresó solamente en dos ocasiones, por un breve período, por lo que pasó el resto de su vida viajando en compañía de su esposa. Esta peregrinación lo llevó a recorrer Australia, Italia, Sri Lanka —entonces conocida como Ceilán—, Estados Unidos, México y el sur de Francia.

 Lawrence es reconocido como uno de los escritores de viaje más prolíficos en lengua inglesa. El mar y Cerdeña, un libro que describe un breve viaje desde Taormina en enero de 1921, es una recreación de la vida de los habitantes de esta parte del Mediterráneo.

 Frente a las grandes desventajas, a la pobreza en que se mantuvo durante las tres cuartas partes de su vida y la hostilidad que sobrevive a su muerte, él no hizo nada que realmente no quisiera hacer, y todo lo que más quiso hacer lo hizo. Viajó por todo el mundo, fue dueño de un rancho, vivió en los rincones más hermosos de Europa, y conoció a quien quería conocer y les dijo que estaban equivocados y que él estaba en lo correcto. Pintó e hizo cosas, y cantó, y cabalgó. Consiguió ser libre de los grilletes de la civilización y del no de las camarillas literarias.

Hubo de pasar la mayor parte de su vida en un exilio voluntario, que él mismo llamó «peregrinación salvaje». En el momento de su muerte su imagen ante la opinión pública era la de un pornógrafo que había desperdiciado su considerable talento. La libertad tiene su precio.

 Su obra refleja su oposición a una época marcada por las consecuencias de la industrialización, y luego por la primera guerra mundial. Lawrence se opone mediante una exaltación del instinto sobre la razón, de la pasión sobre el intelecto, y de la espontaneidad frente al convencionalismo.

 Este pensamiento lo lleva a un retorno a lo primordial e instintivo, cuyo centro se halla en la vida sexual, concebida como única forma de conocimiento inmediato. Lawrence odiaba lo que la revolución industrial representaba y amaba la vida al aire libre, la plenitud de la naturaleza contra el imperio de las máquinas, el fuego de la vida en el individuo contra la masificación. No quería ser “uno de esos seres espectrales y sin vida a los que en nuestra lengua muerta llamamos gente”.

 La descripción de la sexualidad de sus personajes es muy detallada y directa. Es uno de los aspectos más polémicos de su obra, y le ocasionó varios conflictos con la censura. Así, sus novelas El arco iris y El amante de Lady Chatterley, fueron prohibidas bajo la acusación de obscenas. El arco iris es la primera parte de una historia que culmina con la publicación de Mujeres enamoradas en 1920.



sábado, 24 de febrero de 2018

El duelo de Joseph Conrad

El contexto en el que se inicia la historia es el de las campañas napoleónicas donde el ejército francés poco a poco, se está adueñando de una Europa en la que nadie puede resistirse al genio militar de Napoleón. En este ejército se encuentran nuestros dos protagonistas D´Hubert y Feraud, ambos tenientes del ejército francés pero que son muy distintos entre sí. El primero del norte de Francia, hombre mesurado, moderado y muy racional; el segundo es sureño y por tanto pasional e impulsivo. Por si fuera poco en lo físico también son muy distintos pues uno es alto y rubio y el otro bajo y moreno. Además políticamente tampoco coinciden pues mientras que Feraud es un ferviente partidario de Napoleón, D´Hubert se decanta por servir a quien toque sin ningún tipo de apasionamiento.
El problema entre ambos surge cunado D´Hubert tiene que ir a arrestar a Feraud porque en los días previos cometió una falta disciplinaria. En este momento el impulsivo y arrogante Feraud toma este hecho como una afrenta y decide retarlo a un duelo sin tener en cuenta que D´Hubert solo cumplía órdenes de sus superiores. El caso es que tras varios duelos, por una razón u otra siempre salvan la vida por lo que en cuanto se vuelven a ver deciden batirse; bueno realmente es Feraud el que tiene entre cejo y cejo acabar con la vida de su contrincante y el que jamás olvida esa afrenta que realmente nunca sucedió.
Un detalle que no se nos debe escapar es que Conrad nos presenta con meridiana claridad la importancia que por aquellos años tenía el concepto de honor, un concepto tan importante para las personas que pertenecían al ejército que eran capaces de vivir solo por el hecho de restaurar ese honor perdido aunque para ello tuvieran que esperar décadas.
Dentro del ejército las figuras de estos dos personajes, que por cierto van ascendiendo hasta llegar a convertirse en generales, se convierten en leyenda y como tales van a tener a sus fieles defensores que provocarán que la rivalidad entre los dos viejos enemigos no solo nunca desaparezca sino que incluso se avive.
Conrad mantiene al lector atento a los acontecimientos; los mantiene alerta, y en algunos momentos casi desesperados por conocer quien resulta vencedor de dicho duelo final.
Fuente: mislecturasclasica.blogspot

viernes, 23 de febrero de 2018

Aurora Venturini


Desciende del abuelo italiano que llegó a La Plata con la gente que trajo Dardo Rocha. No fue un inmigrante que viajó en las bodegas, sino un acomodado siciliano que se enfrentó a Garibaldi y que debió huir de aquella tierra dura “porque quería a los Borbones”. Su abuelo mandó comprar terrenos en la zona del parque Saavedra a los que llegó con su esposa y dos hijos y se puso al frente de la casa comercial Saglio.
Su padre, Juan, se afincó en una casa enorme, cerca del Seminario, que tenía ocho dormitorios, mansarda, una huerta y árboles frutales. Aurora Venturini recuerda que ella fue al Mary O’Graham (Normal 1) y que a edad temprana empezó a escribir.
En la Ciudd de La Plata halló una enorme fuente de inspiración para sus ficciones que, por lo general, contenían detalles autobiográficos y se desarrollaban en escenarios platenses.
Aurora Venturini vivía en aquella quinta con su madre y sus hermanas, recibiendo las visitas de un abuelo paterno, que fue quien la llevó por primera vez a Europa a sus cinco años y con quien iba al Teatro Colón a escuchar ópera.
Hija de un policía - Juan Venturini - y una maestra - Ofelia Melo -, Aurora Angela nació el 20 de diciembre de 1921. Creció junto a sus hermanas Angela Aurora y María Ofelia, y estudió en la Escuela 42; el Normal 1 “Mary O´Graham”; y la facultad de Humanidades de la UNLP, donde se graduó de profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación. Como graduada fue asesora en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde conoció a Eva Perón, con quien trabajó a la par y fueron amigas íntimas.
El padre de Aurora Venturini era un militante del partido radical que, en los años treinta, fue detenido por motivos políticos y trasladado al penal de la ciudad de Ushuaia, de donde nunca regresó. El padre al enterarse de que su hija mayor se había afiliado al partido peronista, regresó a La Plata, de donde era oriundo, sólo para echarla de su casa y volver a partir.
Tenía recuerdos de la infancia difusos, enredados en los velos del tiempo: un chico llamado el Toto, estudiante de medicina, cuyo perfil espléndido le gustaba contemplar a contraluz; el hijo de un ladrillero que pasaba en bicicleta, que se parecía a Gary Cooper y al que nunca le habló; el Bebe Cook, un amigo con el que trepaba a la higuera a leer novelas que le prestaba el quiosquero.
A los cuatro años empezó su temprana relación con la literatura: escribía y recitaba con ademanes, como se usaba entonces. Ella se encargaba de echar leña al fuego del mito de la niña brillante y extraña, inteligente y antisocial.
Casada primero con el juez Eduardo Varela, de quien enviudó, fue la mujer, en segundas nupcias, del historiador, ensayista y periodista Fermín Chávez. No tuvo hijos, pero volcó todo su afecto en sus sobrinos (los tres hijos de su hermana menor): Orlando, Silvina y Gustavo Castro. Desde muy chicos, para ellos, la tía fue “una maestra”, capaz de llevarlos, con sus saberes, reales e imaginarios, por mundos fascinantes.
Aurora Venturini escribió Las primas, un texto negro y candoroso al mismo tiempo que, al modo del monólogo del idiota en El sonido y la furia de William Faulkner, cuenta la historia de una familia sórdida en la voz de Yuna, una chica vagamente retardada que logra ascender socialmente mediante la pintura.
Nosotros, los Caserta, cuenta la historia de María Micaela Stradolini Caserta, Chela, una niña superdotada, arisca, con un padre severo, una madre que no la quiere y un hermano deforme que sólo puede articular tres sílabas. En Italia, en un palazzo deteriorado de Sicilia, escribió Nosotros, los Caserta, es otra novela sobre una niña monstruo, pero esta vez la anomalía es lo contrario a la idiotez: Micaela, la niña, es un prodigio, es anormalmente inteligente. Su hermanito menor es el deforme. Nosotros, los Caserta, es un espejo invertido de Las primas: la familia es de clase alta, Chela es escritora (no pintora, aunque la pintura está presente en una escena-retablo que recrea y luego descompone Las Meninas de Velázquez), hay descenso social con propiedades expropiadas por el peronismo. Hacia el final, es casi claramente una biografía de Aurora, con sus amigos franceses sectarios y su viaje, en busca del origen, a Sicilia, al porqué de su piel oscura. Ese origen, por supuesto, será infame e incestuoso. Fábula y ficción, Nosotros, los Caserta es el encuentro con una maldición.
En los cuentos de El marido de mi madrastra, como en Las primas y hasta cierto punto, como en Nosotros, los Caserta, las protagonistas son mujeres. Mujeres que son monstruosas o viven vidas monstruosas; mujeres extremas, enfermas, obsesivas, maltratadas.
Venturini elige la autobiografía para su relato “El abuelo Melo”, que lleva ese título pero luego se extiende al resto de su árbol familiar, especialmente su tía abuela Amada Margaride, sanjuanina. El relato es, en apariencia, realista; la tía abuela cuenta con gran economía y frialdad su infancia entre los cerros. Pero pronto el relato empieza a descomponerse y lo que parecía un relato más o menos convencional, acaba siendo, una vez más, un cuento sobre la familia como monstruo de muchas cabezas.
Uno de sus cuentos es la biografía de alguien externo a la familia pero también pertenece a la vida de Aurora: se trata de la (leve) ficcionalización de un caso que trató como psicóloga en la Dirección de Minoridad de La Plata, donde trabajó desde 1948 y hasta la muerte de su amiga, Eva Perón. La niña tratada lleva, en el cuento, el nombre de Máxima Bellini: su historia es un calvario de abusos físicos y sexuales desde la infancia hasta la adolescencia, en un mundo sucio, lleno de complicidades –de los vecinos, de los médicos– y enfermedad. La voz de Máxima recuerda a la de Yuna de Las primas, pero es más seca: tiene algo de declaración, de exposición quizás. Aurora Venturini insiste en que en ese cuento todo es cierto. Excepto el final, vagamente feliz. “A esa chica la ayudamos mucho en la Fundación. Se recibió de maestra, incluso. La mandamos lejos para que se olvidara de todo, porque pasó acá cerca, en Tolosa. Habrá trabajado cinco o seis años y después me enteré de que se suicidó.
Aurora Venturini vivió muchos años y muy intensamente. Fue amiga de Eva Perón: ha recordado varias veces cómo le contaba cuentos “verdes” para entretenerla en su agonía. Se autoexilió en París durante 25 años tras la denominada Revolución Libertadora. En Francia, fue testigo y parte del movimiento existencialista, fue amiga de Violette Leduc, autora editada por Camus y celebrada por Sartre y Simone de Beauvoir, fue amiga de Euguene Ionesco, pasaba noches bohemias con ellos y con la cantante Juliette Gréco. Fue traductora de Lautréamont, Ducasse y el poeta vagabundo François Villon. En Sicilia frecuentó la amistad del poeta Salvatore Quasimodo.
Ella se sabía anómala desde siempre, y sólo por ser escritora. Creía que los escritores son, en alguna medida, todos monstruosos. Y que escribir es algo muy serio.
Sobre los años fundacionales de nuestra ciudad -tema presente en “El marido de mi madrastra”- cuenta que los franceses eligieron vivir en Tolosa, mientras que los italianos prefirieron el casco urbano de La Plata. Dice que el dato no pertenece a la ficción sino que viene de la realidad histórica: “los primeros tolosanos fueron los franceses, como la señora de La Barre o Doña María Oyhanarte, que fundó allí el asilo francés destinado a las ancianas de esa nacionalidad y sus descendientes. Además, el nombre de Tolosa es por Toulouse, la ciudad francesa”.
No habrá otra escritora igual, tan extrema y desconcertante, tan anómala como revulsiva. No era “normal” Aurora Venturini. Le gustaba coquetear con su excentricidad, jactarse de ser un “bicho raro” y componer versiones discordantes de su vida, como si protagonizara las deformes tribulaciones de una perversa heroína. Aurora Venturini murió en la misma ciudad de La Plata donde había nacido hacía 92 años.

domingo, 18 de febrero de 2018

El Crimen de Lord Arthur Saville de Oscar Wilde


En una fiesta organizada por una aristócrata inglesa, unos personajes conocen a Mr. Podgers, un quiromante. Este lee la mano a muchos de los personajes pero con Lord Arthur Saville queda sorprendido con lo que le lee y no se atreve a contárselo.

  En las lineas de su mano está escrito su destino, y Lord Arthur se ve en el dilema de cumplir cuanto antes con lo que le marca éste, o hacer como si no supiera nada. Sin ningún tipo de reservas Arthur decide "ayudar" al destino y adelantar los acontecimientos. Para el protagonista es un deber cumplir con la obligación que cree tener, siendo esta una crítica genial a una sociedad hipócrita como la victoriana. Para esta el deber lo era todo, y Wilde lo lleva al extremo ¿si el deber te pide que asesines, tienes que cumplir con él? Arthur Saville al ser un aristócrata no tiene duda y cumple con su deber, y es más no le queda ningún remordimiento por lo hecho.

  Si esta es la crítica más importante de Wilde a la sociedad victoriana, no es la única. Por ejemplo muestra la ociosidad de estos aristócratas que tienen como "hobbies" tener bufones que les diviertan en las fiestas como quiromantes (muy de moda en la época), que por supuesto deben de ser de una menor escala social o al menos no ser británicos. Cuando la duquesa Paisley oye que hay un quiromante en la fiesta dice: "Que horror. Espero que por lo menos sea extranjero. En ese caso no resultaría tan espantoso".

  Donde encontramos la más feroz crítica de Wilde en la obra es en la que hace a Scotland Yard. Cuando el protagonista busca dinamita para cometer el crimen. Por un momento piensa en ir a la policía a preguntar donde conseguirla pero deshecha la idea porque "nunca parecían saber gran cosa sobre los movimientos de los irlandeses responsables de la facción de la dinamita hasta después de producidas las explosiones, y luego tampoco sabían demasiado".

  Tenemos que tener en cuenta que ya existía en Irlanda un movimiento nacionalista irlandés que perpetró numerosos atentados por aquellos años. Por ejemplo en 1885 estos nacionalistas hacen explotar una serie de bombas en el Puente de Londres, la Torre de Londres y la Cámara de los Comunes.  Y en 1887 atentaron contra la abadía de Westminster intentando asesinar a la reina Victoria.

Pero no acaba ahí la cuestión. Wilde vive en  un mundo que se encuentra en la llamada "Paz Armada" y en su obra la cuestión también aparece para dejar en mala situación a Scotland Yard.

  En eso años Gran Bretaña seguía siendo la primera potencial mundial, gracias a su inmenso poder naval y a su imperio colonial. Alemania que había nacido como estado en los años 70 del siglo XIX, llegó tarde al reparto colonial de manera que quería hacerse con parte del pastel. Convirtiéndose en un peligroso rival para Gran Bretaña si quería mantener la hegemonía mundial. ¿Qué tiene que ver el contexto político con la novela? Mucho, puesto que uno de los personajes será el espía alemán Conde Rouvaloff. Wilde utiliza a este personaje para atizar aún más a la policía. Genial resulta el párrafo en el que el espía alemán pregunta: "... a quién irá dirigido (el artefacto)? Si es para la Policía o alguien relacionado con Scotland Yard, me temo que no podré hacer nada. Los policías ingleses son buenos amigos nuestros y hace mucho que he descubierto que, si confiamos en su estupidez, podemos hacer lo que queramos..."

Por supuesto, el establishment esperó pacientemente para vengarse y cuando, en un mal paso de Oscar Wilde, vió llegar su oportunidad lo hizo de una manera brutal.

Emile Zola: Los Rougon-Macquart

Si tuviera que calificar esta saga con un adjetivo, sólo podría decir ‘magistral’. Es cierto que tengo debilidad por la novela del XIX, pero no es una debilidad caprichosa, el siglo XIX es, sin lugar a dudas, el siglo de la novela. En este siglo se inventó la novela contemporánea. Y si hay que poner nombres a estos precursores, a los de la avanzadilla, para mí, hay tres: Zola, Dostoievsky y Galdós.
Ellos tres (y alguno más, quizás, Balzac y Flaubert, aunque éste último con una única novela, Madame Bovary) apuntalaron todo el género. Si leemos la obra de algunos de ellos, veremos qué actual puede ser su redacción, y descubriremos que muchos de los recursos y gran parte del estilo que se presenta como innovación en la novela del siglo XX ya estaba ahí.

Pero, hoy, sólo les voy a hablar de Zola y de una de sus obras que son muchas, pues se trata de toda una saga familiar. En total 20 novelas, algunas de las cuales son famosas por sí solas, pues, cada una de ellas puede leerse como una novela independiente, aunque la obra, en conjunto, tiene un principio y un final: “Esta se halla, desde hoy, completa; se agita en un círculo cerrado; se convierte en el cuadro de un reinado muerto, de una extraña época de vergüenza y de locura.” (Emile Zola en el Prefacio de La Fortuna de los Rougon).

A lo largo de toda la serie se cuenta la historia de una familia, de origen provinciano, durante cinco generaciones, desde Adelaida Fouque (nacida en 1768), hasta un niño nacido fruto de la relación incestuosa entre Pascal Rougon y su sobrina Clotilde (1874), todo bajo el subtítulo Historia Natural y Social de una familia bajo el Segundo Imperio (1852-1871). Una familia marcada por taras hereditarias, la locura de Adelaida va pasando de generación en generación, algunos miembros la padecen de forma declarada, otros no pueden ocultar ciertos rasgos del carácter familiar.
Zola quiere “explicar cómo una familia, un pequeño grupo de seres, se comporta en una sociedad, desarrollándose para engendrar diez, veinte individuos que parecen, a un primer vistazo, profundamente disímiles, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos con otros. La herencia tiene sus leyes, como la gravedad.”

Los Rougon-Macquart, nombre de la familia, en realidad de las dos ramas de la misma familia (ambas descendientes de Adelaida, pero con una trayectoria bastante diferente, en apariencia), son retratados fisiológicamente y socialmente. Fisiológicamente, los deseos, pasiones, virtudes y vicios van apareciendo individuo a individuo en toda la saga, repitiendo las mismas características de las generaciones anteriores (a veces, llega a tanta la semejanza que hasta nos confundimos entre madres e hijas y, otras veces, diríamos a simple vista que no puede ser que tal madre y tal hija se correspondan, pero, sólo a simple vista). Socialmente, la familia es la representante del pueblo que, a veces con esfuerzo propio, otras, aprovechándose de ciertas circunstancias, honestas o no, va avanzando “por toda la sociedad contemporánea” y los Rougon-Macquart, con sus dramas propios, van a estar, además, en medio de los problemas urbanísticos de París, en procesos políticos más o menos turbios en la capital y/o en provincias, en el nacimiento del sindicalismo moderno, en sublevaciones populares y obreras, en la aparición de los grandes comercios, en problemas con la Iglesia y en todo lo que en el siglo XIX francés signifique cambio y avance, pero también, hay individuos que representan el conservadurismo y el amor por todo el pasado, y esto es uno de los factores que hace más creíble esta familia, que acaba pareciendo tan real como la Realidad misma, pero sigue siendo ficción, eso tampoco podemos olvidarlo, porque quizás en la realidad, no coincidan tantos factores mencionables o destacables en una misma familia.

Veamos cuáles son las obras, aunque algunas de ellas merecería una reseña propia (que no descarto hacer algún día):


Émile Zola (1840 - 1902)

Novelista francés, principal figura del naturalismo literario. Hijo de Francesco Zola, ingeniero emigrante italiano, y de Émilie Aubert, proveniente de la pequeña burguesía francesa, pasó su infancia en Aix-en-Provence y estudió en el colegio Bourbon. Fue compañero de Paul Cézanne, con quien mantuvo una sólida amistad, y tomó contacto con la literatura romántica, especialmente con la narrativa de Victor Hugo y la poesía de A. De Musset, su favorito.
Al morir su padre en 1847, se trasladó a París junto a su madre y continuó sus estudios en el instituto Saint-Louis. Tras fracasar en su examen de graduación, en 1859 consiguió un empleo administrativo en una oficina de Aduanas y en 1862 empezó a trabajar para el departamento de publicidad de la editorial Hachette. Se interesó por la poesía y el teatro, y colaboró para periódicos como Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.
Sus primeros libros publicados fueron un conjunto de relatos titulados Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica con influencia del romanticismo, La confesión de Claude (1865). Escribió dos obras de teatro que no fueron representadas, La fea (1865) y Magdalena (1865), y en 1866 fue despedido de Hachette. Comenzó a trabajar como cronista literario y artístico en el periódico L'Événement, y publicó los trabajos de crítica pictórica Mis odios (1866) y Mi salón(1866), donde hizo una enérgica defensa de Manet, cuestionado en esa época por los sectores académicos.
A partir de ese momento se dedicó por completo a escribir, se alejó paulatinamente del romanticismo y sintió afinidad con el movimiento realista y el positivismo. Aplicó su experiencia periodística en Los misterios de Marsella (1867), una novela folletinesca, y publicó su primera obra importante, Teresa Raquin (1867), con la que ganó cierto prestigio en el ambiente literario.
Con la novela Madeleine Férat (1868) fue consolidando su estilo, y la lectura deIntroducción a la medicina experimental, de Claude Bernard, lo inspiró para concebir un conjunto de novelas escritas "con rigor científico", donde quería relatar la historia natural de varias generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio.

Así nació la monumental serie Los Rougon-Macquart, integrada por
La fortuna de los Rougon (1871),
La ralea (1871),
El vientre de París (1873),
La conquista de Plassans (1874),
La caída del Abate Mouret (1875),
Su excelencia Eugène Rougon(1876),
La taberna (1877),
Una página de amor (1878),
Naná (1879),
Lo que se gasta (1882),
El paraíso de las damas (1883),
La alegría de vivir (1884),
Germinal(1885),
La obra (1886),
La tierra (1887),
El sueño (1888),
La bestia humana(1890),
El dinero (1891),
La derrota (1892), y
El Doctor Pascal (1893).


En los treinta y un volúmenes que comprenden las veinte novelas trazó la genealogía de más de doscientos personajes y sus textos fueron tan elogiados como criticados. Recibió duros cuestionamientos por parte de escritores católicos como M. Barrès, L. Bloy y B. d'Aurevilly que veían en el carácter positivista de su obra signos de decadencia, dogmatismo y una "absoluta carencia de espiritualidad".

Su obra ensayística comprende volúmenes teóricos sobre el naturalismo, como
La novela experimental (1880),
El naturalismo en el teatro (1881),
Nuestros autores dramáticos (1881),
Los novelistas naturalistas (1881),
Documentos literarios(1881), y
Una campaña (1882);

así como textos de crítica y polémica, entre los que destacan
Viaje de vuelta (1892),
Nueva campaña (1897), y fundamentalmente
¡Yo acuso! (1898),

un extenso artículo dirigido al Jefe de Estado francés y publicado originalmente en el periódico L'Aurore, donde defendió la inocencia del capitán de origen judío A. Dreyfus, acusado de alta traición a la patria por los militares antisemitas.

El efecto causado por su participación en el Caso Dreyfus lo posicionó como líder de las fuerzas progresistas (republicanos y socialistas) que reclamaron al gobierno derechista la defensa de los derechos humanos en la República. El gobierno, apoyado por los partidos conservadores, el ejército nacionalista y la Iglesia Católica, lo acusó por injurias y lo persiguió, por lo que se exilió en Inglaterra hasta que se demostró la inocencia definitiva de Dreyfus y el complot militar.
En 1899 volvió a París y pudo ver indultado a Dreyfus, y el 29 de septiembre de 1902 murió asfixiado por la defectuosa combustión de una chimenea, hecho que suscitó muchas sospechas dadas las reiteradas amenazas de muerte que había recibido.

Su influencia sobre las generaciones posteriores de escritores no fue sólo literaria, ya que su actitud de involucrarse tanto en la literatura como en la realidad social se transformó en un paradigma del escritor comprometido y dominó la escena cultural de occidente hasta la década de los 70.

También es autor de las series Las tres ciudades, compuesta por
Lourdes (1894),
Roma (1896) y
París (1898),

y Los cuatro evangelios, integrada por
Fecundidad (1899),
Trabajo (1901),
Verdad(póstuma, 1903) y
Justicia (inacabada).

sábado, 17 de febrero de 2018

El vientre de París de Emilio Zola

La novela describe la vida cotidiana de la sociedad parisina en torno al nuevo mercado central de Les Halles de París, gigantesco edificio metálico con muros de cristal, que fue una de las construcciones parisinas más relevantes del II Imperio, construido entre 1854 y 1870 por Víctor Baltard y derribado cien años después.
Florent, que ha ha vivido deportado en Cayena durante años, regresa a una ciudad en la que vivió su juventud y en la que se reencuentra con su hermano menor Quenu, casado con Lisa Macquart. Florent se dedica contra su voluntad a ejercer de inspector de pescado en el mercado central y encuentra en su tiempo libre su verdadera vocación, la docencia y la política. Con un grupo de correligionarios conspirará contra el Segundo Imperio y, al final, sus actividades le conducirán a una nueva deportación.
Florent es bondadoso, tímido, idealista y desprendido, había sido deportado injustamente a Cayena en los momentos del golpe de estado que encumbró a Napoleón III. A su regreso a París dedica sus esfuerzos a construir una sociedad distinta, igualitaria y más justa. Ingenuo y crédulo, es engañado por casi todos y su fracaso final significa la derrota del idealismo frente a los intereses materiales.
Hambriento y desencantado al ver muertos los ideales republicanos que defendió, Florent siente una sensación permanente de nausea ante el París ahíto, cebado, del Segundo Imperio. A pesar de sus tibios esfuerzos y los consejos de su hermano, no logra encajar en la sociedad del Mercado. Infeliz con su trabajo y con la sociedad parisina, desea promover una nueva revolución. Febrilmente y con algunos compañeros de café, empieza a elaborar un plan que derribe al gobierno, mientras se siente cada vez más asqueado con ese Mercado Central cuya abundancia es para él un símbolo del apoyo de la burguesía bien alimentada al Emperador.
Quenu es muchacho sencillo que se deja influir por su mujer, Lisa. Nada puede hacer para evitar la desgracia final de Florent.
Lisa Macquart, casada con Quenu, vive desahogadamente de una charcutería que el matrimonio tiene en los alrededores del mercado de Les Halles. Como la llegada de Florent sacude la paz familiar, Lisa denunciará las conspiraciones de Florent y será la causante de su arresto.
Lisa Macquart había llegado a París como ahijada de una buena señora que, con su bondad, la libró de una vida estrecha y llena de penurias en su Plassans natal, al separarla de una madre alcohólica y de un padre haragán. Cuando la bondadosa señora falleció, Lisa entró como dependienta en una charcutería de la que acabó por ser dueña tras casarse con el sobrino del propietario.
En el mercado de les Halles se desarrolla una lucha entre lo material, los alimentos y quienes allí trabajan y viven, y lo espiritual y quienes, como Florent, quieren cambiar la sociedad. Los primeros son egoístas e insolidarios, los segundos son desprendidos y fraternales (en el sentido de la Revolución Francesa). Por eso, los dos protagonistas/antagonistas (Lisa y Florent) son los símbolos de ambos campos, incluso aunque Florent no llegue ni a imaginar en su ingenuidad que haya sido Lisa quien lo traicionase.
Los mercados de Les Halles estaban frente a la iglesia de San Eustaquio. Para construir el mercado de Les Halles hubo que derruir todo un barrio entero de París que databa de la Edad Media. El único edificio que se respetó fue la iglesia de San Eustaquio. Zola ve una oposición neta entre los dos edificios: San Eustaquio, símbolo del pasado, de la Edad Media y de un mundo religioso que estaba a punto de perecer; frente a Les Halles, moderno y materialista.
Contrariamente a lo que Zola pensaba que iba a suceder, cien años después, se derribó el mercado y en la nueva explanada del Forum de Les Halles hoy todavía resplandece el impresionante edificio de la iglesia de San Eustaquio. El edificio religioso venció al mercado, pueda ser que siempre sea así.